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Presentación: Me resulta muy atrayente la idea de presentarme e incluir o matizar lo que a lectores o críticos pudiera pasarles desapercibido, aunque es cierto que la obra no se completa hasta que se unifican estas tres visiones: lector, crítico y autor. En esta ocasión quizá peque de arrogancia e intente desempeñar los tres estadios. A lo largo de la historia de la literatura las presentaciones que han realizado los escritores de sus propias obras han sido muy heteróclitas, desde las autocríticas y reveladoras, hasta las autobiográficas o dedicadas a infantes, príncipes o validos, en las que se ensalzaban las virtudes de estos y la obra en sí pasaba a un segundo plano. Personalmente me quedo con las decimonónicas, a veces tan lúcidas como espectrales, y es que en ocasiones pienso que me anclé en lo lúgubre, de ahí el título La cadena del dolor. Intuitiva o inconscientemente lo elegí, supongo, porque es representativo. Aludiendo a Descartes nunca la elección es azarosa, siempre hay una causa que nos dirige hacia esa decisión, aunque a priori la desconozcamos, éste ha sido mi caso. En principio la secuencia de fonemas y la evocación de la frase me sedujo – siempre pensé que me anclé en lo luctuoso, ya lo he referido-, también, cuando lo redacté pensé que la prosa barroca que lo envuelve merecía representar a todo el libro, por su dificultosa construcción – En una lista de genios literarios consideraba que Góngora merecía estar en la cúspide- . No obstante, el contenido del relato La cadena del dolor lo he visto disperso en todos y cada uno de ellos. Hay una auténtica conexión entre los relatos seleccionados: el dolor. “El valle de lágrimas” del medioevo lo arrastramos como Sísifo, quizá sin saberlo, el tormento, la desazón... Hay en cada uno de ellos un hálito de pesadumbre difícil de desligar, se respira, se huele, a pesar de los toques irónicos o sarcásticos. Ha sido y es, básicamente así, nuestra literatura. Podremos sonreír, esbozar una mueca de complacencia, un guiño irónico a la vez, pero no podemos olvidar que toda nuestra literatura se halla ensartada por una hiriente cadena de dolor, desde las elegíacas Coplas de Manrique hasta El Quijote, pasando por La Celestina o El Lazarillo. Nuestros pilares culturales más importantes. Si proseguimos a lo largo de la historia, la imaginaria cadena del dolor persiste en toda nuestra cultura: los grandes monstruos Góngora y Quevedo, leer y analizar sus sonetos es sumirnos en una suerte de delirio implacablemente doloroso, siempre acechado por la muerte. Si saltamos hasta Bécquer podemos sucumbir por el desconsuelo o si nos quedamos con Zorrilla y su indiscutible mito donjuanesco y la estela dolorosa e ignominiosa que iba dejando tras de sí, amor y dolor estrechamente unidos, como en “la cadena”. La Generación del 98, Machado y Juan Ramón Jiménez derramaron demasiadas lágrimas y se prolongaron hasta el más trágico de todos: Lorca. Este ha sido un vertiginoso recorrido, no podemos ni debemos olvidar nuestra herencia literaria y cultural. He mencionado los autores y obras, que, a mi juicio son los soportes básicos de nuestro ser. La cadena del dolor es un título tan representativo como emblemático de todo lo que somos y hemos sido, ella concluye con uno de los sonetos más logrados de Lorca, que, a su vez, se paladea otro consagrado e imprescindible: San Juan de la Cruz. Somos caballeros andantes, celestinas, pícaros, místicos, trágicos, donjuanes, segismundos, trotaconventos, bernardas, plañideras... El ser español, el latino y su idiosincrasia. Me quedo con “La cadena del dolor”porque verdaderamente es nuestra esencia, nos guste o no. El correctísimo analísis realizado por Ruiz Noguera me obliga a no ser repetitivo y a concluir con la hebra que hilvana esa cadena de relatos cuyo núcleo es el dolor: Lo apreciamos claramente en el relato “Un matrimonio corriente”, cómo su protagonista lleva más de dos décadas soportando un inusitado sufrimiento, la esposa sumisa de “los viejos”, el atormentado personaje de “Un reencuentro particular”, el pobre Nicola de “El certamen literario”, la dolorosa existencia de “El macho”. La desenfadada protagonista de “Querida prima Lucía” o Guillermo, el niño que pretendía volar dentro de una burbuja y se fue para siempre. En los relatos cortos, en general, abunda el sarcasmo y la ironía, empero, están plagados de personajes y seres que deambulan sin consuelo alguno. No he inventado nada nuevo, continúo con nuestra afligida visión del mundo: Alonso Quijano probablemente murió aquejado de decepción o tal vez de desilusión. Calixto y Melibea terminaron sus días cuando apenas comenzaban a gozar su amor. Lázaro de Tormes sufrió lo indecible en su infancia y en su juventud, a pesar de nuestras sonrisas. Bernarda Alba era un mujer absolutamente atormentada y sólo generaba dolor y tormento a su alrededor. No pudo ser más infeliz Pascual Duarte. ¿Hacia dónde se dirigen los angustiados personajes de Pío Baroja: Andrés Hurtado, Fernando Osorio...? ¿Cómo es si no la luz oscura y lacerante que penetra en los personajes de “Luces de Bohemia”? ¿Por qué creó Unamuno un reverendo tan angustiado en “San Manuel, bueno, mártir”? ¿Acaso no es asfixiante la elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández(“que por doler me duele hasta el aliento”-nos dice-) a pesar de su sedativa conclusión? O más recientemente, el mismo Saramago, tan portugués como español, ¿qué necesidad le impelió a crear un ser tan triste y anodino como José en “Todos los nombres”? Podría continuar con innumerables paradigmas, me he centrado en los que considero vitales y cruciales para nuestras letras. Mis relatos continúan esa tradición. Espero, emulando las presentaciones decimonónicas, que si los lectores me lo permiten, crear, si la tradición lo tolera y nuestra historia, por algún resquicio, un segundo volumen opuesto a éste, titulado, quizá, “La cadena del placer”. También Góngora y Quevedo supieron reír y disfrutar a pesar de las adversidades... José Luis Raya Pérez

 

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