Obras | Todos mis trabajos

El compañero testicular

Llevamos mucho tiempo juntos, demasiado diría yo, nuestra más tierna infancia, nuestra adolescencia, llena de contradicciones y de cambios profundos. Pasamos la madurez, tan unidos como siempre, como dos hermanos siameses. Y ahora, en el arrabal de la senectud, con alguna canita incipiente, me hago una serie de cuestiones, es el momento de la reflexión. Muchos años tan unidos, sin apenas comunicarnos, tal vez porque nos conocemos perfectamente y no necesitamos manifestar nuestras inquietudes, nuestros anhelos, nuestros miedos, porque son los mismos en ambos casos. A pesar de tenernos el uno al otro, yo, personalmente, si es que puedo hablar de forma individual, me he sentido muy solo, tremendamente solo, sin saber a dónde ir, atrapado en un punto fijo. Pocas veces podía disfrutar de la luz del día, como si fuéramos dos esclavos de angostas y tenebrosas grutas, aguantando, a menudo, fétidos olores de alcantarilla, en especial durante el tórrido verano. Es absolutamente injusto la desconsideración que hemos sufrido a lo largo de los siglos, nosotros, que lo hemos dado todo, incluso la misma vida, pues somos el germen, la semilla de todas las civilizaciones, y qué recibimos a cambio, nada. Aislamiento, soledad, a pesar de nuestra mutua compañía, oscuridad. Es obvio que también necesitamos cariño y comprensión. Hemos aguantado a nuestro vecino de enfrente, siempre tan altivo y orgulloso, y tan poco predispuesto al diálogo, nuestro egoísta e hipócrita vecino, siempre tan cambiante, siempre pensando en sí mismo. Cuántas veces lo hemos acompañado a algún sarao y nos ha dado con la puerta en las narices, y sin embargo lo seguimos custodiando, nosotros que lo damos todo y no pedimos nada. No obstante debemos seguir animándonos el uno al otro para seguir soportando, aunque ahora mucho menos, tanto desdén y tanta guasa. Esperamos que algún día se nos reconozca y se aprecie nuestra desinteresada labor.

 

volver