Obras | Todos mis trabajos

Mi novia

Cuando la llamada del amor comenzaba a hacerme cosquillas en la boca del estómago, conocí a mi novia. Éramos muy jóvenes. La vi pasear por el parque con un grupo de amigas, era por el mes de mayo cuando pica la calor, tan ligera de ropa, no se movía, danzaba, diría yo, al caminar. Sus voluptuosas caderas se acompasaban con el movimiento de mis pupilas, dilatadas y lascivas. Antes de cometer alguna torpeza le pregunté si quería ser mi novia, había conseguido separarla de sus compañeras y en la intimidad del follaje me respondió que sí. Formalizamos nuestras relaciones, esto es, nuestras familias se dieron por enteradas y el resto del pueblo. Pasado algún tiempo, hube de ir a una lejana ciudad a trabajar. Allí me encontraba muy solo y aburrido. La echaba tanto de menos que no me quedó más remedio que buscarme una amante. Como a mi novia apenas la veía, con mi amante surgió un amor intenso, cargado de pasión. Para que siguiera siendo mi amante nuestras relaciones debían mantenerse en secreto. Regresé al pueblo al iniciar mis vacaciones. Después de tanto tiempo el cuerpo de mi novia despertó de nuevo en mí el fuego que se había extinguido. Le conté lo de mi amante y como le pedí que lo mantuviera en secreto, ante la familia y amigos, mi novia se convirtió en mi amante, por ese poder de transformación que posee el secreto en sí. A mi anterior amante no le conté la conversación que había mantenido con mi novia, por lo que mi ex-amante pasaba a convertirse en novia, pues era a ella a la que ahora mentía, o mejor dicho, ocultaba gran parte, o toda, la realidad. Todo el pueblo, incluidos los familiares y amigos, nos seguían viendo como novios pero lo que ignoraban era que se había convertido en mi amante. Nos sentíamos un poco culpables, pues nos trataban de algo que realmente no éramos. Al reincorporarme a mi trabajo, en la lejana ciudad, mi ex amante, que en esos momentos era mi novia, aunque ella no lo sabía, seguía actuando como amante. Hube de llamarla al orden y aplacarle esos arrebatos de pasión, al no conseguirlo del todo se convirtió nuevamente en mi amante. Llegó el día, cuando ya no era tan joven, que empezaron a presionarme. Se escuchaban campanas nupciales. Se acercaba el momento. Ante el altar pronuncié un sí quiero tan apagado como raquítico, pues no sabía verdaderamente si me casaba con mi novia o con mi amante.

 

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