Mi vecinaNo me atrevo a contarlo. Pero he de hacerlo, para descargar mi conciencia. Algo terrible ocurrió durante un período de dos días que no puedo recordar, me encontraba muy enfermo y debilitado, nadie ha sospechado de mí, mas creo que yo he sido el artífice de lo sucedido. Digamos que vivo en un 4ºA de un edificio con caché de una ciudad indeterminada. Da igual la ciudad ¿no? Me trasladé después de una traumática separación (¿por qué cojones todas las separaciones han de ser traumáticas?), y de un divorcio más o menos conflictivo. Estrenaba mi nuevo apartamento. Me sentía como un crío con sus zapatos nuevos, bueno, hoy en día esta comparación es francamente ridícula. Pero ustedes me entienden. Pintura de colores vivos y alegres para el salón, tonos ocres para el vestíbulo, y otros más relajantes y claritos para el dormitorio. Muebles seminuevos. Instalo mi equipazo de HiFi y me tumbo a lo largo del sofá rústico que recuperé del expolio conyugal. Y pienso.... “parece que me siento más tranquilo y a gusto.” ¡Qué meditación tan básica¡ En el peor sentido. En definitiva, que comienza una nueva vida, o una nueva etapa. Y arriba vive una señora muy apetecible que puede alegrarme estos días de desahucio y soledad. Ella es gruesa y prieta, de prominentes tetas, y de culo esférico y macizo. Se viste con ropas ajustadas, pero no aprecio que sus carnes orondas bailoteen cuando sube las escaleras, cinco pisos se traga la condenada, unas cuantas veces al día, que sumados hacen un montón de escalones, dice ella que es el único ejercicio que se puede permitir, y también otro muy ruidoso, que después explicaré. Ahora entiendo cómo ofrece ese aspecto de musa marmórea de Botero. La acompaño a menudo, tras ella voy, escalando, ascendiendo rápido y, aunque no puedo mantener su ritmo vertiginoso, la contemplación pura de su trasero descomunal y redondo me da fuerzas para continuar y jadeo por el placer contenido y el cansancio. Quisiera encajar mi rostro entre sus rocas de carne lujuriosa. Llego a mi hogar sediento y jadeando. Me tumbo de nuevo en el sofá rústico y me entrego a las prácticas onanistas con absoluta desmesura, pues en mi retina aún tintinea ese bamboleo lascivo y ardiente que me ha absorbido el seso. La señora tenía afición por el taconeo. Cuando escuchaba sencillamente sus pasos me levantaba el ánimo, pero el repiqueteo de sus tacones a horas intempestivas comenzaba a resultarme especialmente molesto. ¿De dónde vendría a las cuatro de la madrugada cada noche? ¿Por qué deambulaba hasta el amanecer con los zapatos puestos? ¿Por qué no subía yo y le advertía cortésmente de que sus tacones no me dejaban dormir? Ni los tapones de gomaespuma, ni los de cera, ni los somníferos me ayudaban a reconciliarme con el sueño. ¿Por qué dejaba transcurrir los días, las semanas y los meses sin atreverme a decírselo? ¿Qué tenía que perder? ¿Quizá una hipotética y sabrosa relación sexual? Podría ser. En cambio mi aversión crecía y crecía. Nunca había ido al psiquiatra hasta ese momento. Me estaba volviendo loco. Supuse que un poco de terapia y alguna medicación frugal para los nervios incipientes me ayudarían a enfrentarme al desánimo y al malhumor. La señora también acostumbraba a desplazar y arrastrar los muebles permanentemente. Nunca se hallaba satisfecha del todo con la última disposición del mobiliario. ¿Un vicio? ¿Una delirante inquietud? ¿ Alguna inquietante frustración?. También debería padecer de una cierta sordera, digo yo, pues el televisor retumbaba con los aplausos, las risas y el vocerío de los reality shows . El panorama no sólo era desolador sino también ensordecedor. Pronto encontró la señora una auténtica afición, pues lo anterior era, sin duda, producto del hastío, supongo, aunque ese dichoso pasatiempo los vecinos comentaban que lo dejó de practicar por una serie de problemas y disputas que se creó con el antiguo inquilino, pero para mí era despiadadamente novedoso . Se trataba de “el taconeo” bien entendido, el sevillaneo y los bailes de salón. Al principio practicaba sola, con el aparato de música a todo volumen. Los domingos, a las ocho de la mañana, se componía con su traje de faralaes y sus zapatos de tacón rojos con lunares blancos y empezaba a atosigarme. Me despertaba de sopetón, daba un alarido producido por el estrépito súbito y trataba de recomponer mi acelerado corazón. Metía la cabeza bajo la almohada y pateaba con total desesperación hasta el delirio y el llanto. Y salía al exterior a tomar el aire fresco de la mañana, a pasear como un sonámbulo. Me dormía en cualquier rincón, dos veces me adormilé en el coche produciendo algún conato serio de accidente. Perdí el trabajo. No estaba a la altura de las circunstancias. Mientras, ella, como un trueno ensordecedor e interminable, zapateaba haciendo temblar las paredes, los cuadros, los muebles de mi modesto apartamento y mi alma entera. Una tarde intenté echarme una siesta aprovechando que ella había salido. Creo que dormí tan sólo unos minutos. Aquello era un brutal terremoto. Desperté con la sensación de que se había llegado al fin del mundo. Había invitado a un numeroso grupo de amigos para ejercitarse y divertirse en el arte del baile. Todos y todas al trote, tacones al galope, botas con espuelas, risas y gritos, música ensordecedora. Me desvanecí. Caí al suelo dominado por un ataque de pánico. Todo se hizo borroso y ese descomunal ruido iba desvaneciéndose hasta desaparecer completamente de mi mente. Yo, mi cuerpo y mi espíritu, habían llegado al límite que cualquier ser humano pudiera resistir. Desperté a los dos días, casi cuarenta y ocho horas había estado durmiendo o inconsciente. El silencio que reinaba en la estancia se me antojaba irreal. Incluso me pellizqué. No sé exactamente si en ese preciso momento estaba soñando. Paladeé ese silencio adorable y me zambullí en su inmensa quietud. Jamás volví a oír el más insignificante ruido. Algo extraño y sobrenatural, diría yo, ocurrió durante esas horas de bendita inconsciencia, algo que, quiera Dios, no tenga ninguna relación conmigo.... Le amputan las piernas en el interior de su vivienda: En la noche del pasado jueves 28 de marzo, se detuvo en los Jardines de La Abadía de la ciudad de Málaga a un fugado del Psiquiátrico San Bartolomé como principal sospechoso de un horrendo crimen. Según fuentes policiales el presunto homicida forzó la cerradura de la víctima y tras asestarle varios golpes le amputó las dos piernas con una sierra de bricolaje que portaba dicho individuo. Víctima y verdugo al parecer se conocían ya que éste vivió durante unos meses en el piso que existe debajo de la vivienda de su víctima, ésta era una mujer rolliza y dicharachera, muy conocida en el barrio por su alegría y por su afición al baile... En el Centro Psiquiátrico el interno perseguía a todas las señoras que llevaran tacón alto...y... |