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La señora Gómez

Ahora que por fin se había marchado su marido, con sus más que esperadas vacaciones, a decir verdad se trataba de una especie de prejubilación, la señora Gómez parecía regocijarse con su recién adquirida casa campestre. Su amado y leal esposo había acudido a pasar unos días con su recién casada nieta. La señora Gómez decidió quedarse argumentando que la nueva casa necesitaba unos retoques más para hacerse definitivamente habitable; se trataba de unas excusas indelebles mas ella deseaba en estos momentos estar sola, con toda la carga positiva que puede aportar una soledad deseada, y por qué no, necesitada. Tantos años apegada, día y noche, al mismo hombre, le resultaba algo casi aborrecible. A pesar de todo, una extraña sensación la invadía, todo resultaba absolutamente incoativo: su recién estrenada casa, la partida del esposo, que paladeaba con frescura, los desposorios de su nieta, su incipiente jubilación. Se habían iniciado demasiados asuntos y temía que algo saliera mal o que simplemente no concluyeran. Siempre le sucedía lo mismo, desde que era una niña, cuando se deleitaba con algo nuevo, que verdaderamente le apasionaba, aparecían los eternos temores, primero difusos, abstractos, hasta que se iban conformando en suplicios. Por ello se sentía muy inquieta la señora Gómez, todo estaba saliendo demasiado bien. Miraba con amenazado deleite a través de los ventanales de su salón de verano: la montaña imponente, iluminada ampliamente por el sol de la tarde, los gladiolos multicolores decorando su jardín, cubierto de rosales, petunias, geranios... sobre un césped verdísimo. A lo lejos, unos chopos centenarios acompañaban el discurrir sereno del río. La casa de sus sueños en medio de un campo puro y primitivo. “Sabía que todo no iba a salir bien, algo empezaría a fallar” – se dijo en voz alta, llevándose las manos a la cabeza – Buscó con ansiedad sus lentes para lejos, en los cajones de los recién estrenados muebles provenzales. No tardó en localizarlos, pues aún no se habían rellenado con las cosas inútiles que van dejando el paso de los años. Se aproximó lentamente a los ventanales. Efectivamente, los estaba viendo ahora con absoluta claridad: dos jóvenes se bañaban desnudos en la orilla del río. Salían y se zambullían una y otra vez. La lejanía sólo le permitía apreciar los traseros apretados de los muchachos. “¡Dios mío¡ ¡Uno de ellos es una chica” – exclamó la señora Gómez cuando advirtió los senos abultados de la impúdica que se giró – Se tapó la boca con las dos manos y abrió los ojos con energía para cerciorarse – En aquel idílico paisaje aquello representaba, para la señora Gómez, la puerta de entrada para el pecado y la tentación, siempre temía por su marido, pues aunque leal, en alguna ocasión la señora Gómez había experimentado el pinchazo de la infidelidad, fugaz, tal vez, envuelta seguramente de unas insignificantes miradas lascivas que su compañero de toda la vida había lanzado a alguna muchachita. Aquí se inició el verdadero desasosiego, todo incoativo, de la señora Gómez, y los fantasmas del pasado. “¿Y si realmente no se encuentra en casa de nuestra nieta?” – pensó con aflicción- La telefoneó y ésta le afirmó que partiría al día siguiente, pues la echaba de menos. Una doble emoción de gozo sacudió su rostro compungido. Primero, al comprobar que se encontraba en casa de la nieta, después que extrañaba su ausencia. Una nueva sacudida le arrugó el rostro. “Estamos tan sólo en el mes de abril” – se dijo- “Estos jóvenes pueden venir a bañarse cualquier tarde hasta el mes de septiembre incluido” – razonó con estupor- “Cuando regrese mi marido puede verlos, mañana mismo.” Comenzaba a sudorar por los nervios y la ansiedad. Sonrió con picardía ante la excelente idea que se le acababa de ocurrir. Buscaría en el listín telefónico el número de la Policía antivicio. Su sorpresa fue mayúscula al no hallar el tan deseado calificativo. De cualquier manera, al poco rato pudo observar desde su confortable salón cómo una pareja de policías locales llamaba al orden a estos jóvenes. Evidentemente no podía escucharlos pero los ademanes de los señores policías indicaban a los muchachos que su presencia, tan indecorosa, molestaban a la señora de la casa. Éstos se acercaron y le manifestaron a la señora Gómez que el problema se había resuelto. La señora Gómez respiró con alivio. Poco tardó en dominarla de nuevo su inseparable temor. Subió las innumerables escaleras del caserón con la lozanía de sus años mozos. Desde las ventanas de la buhardilla, adivinó, a través de las copas de la alameda, muy a lo lejos, que los muchachos seguían bañándose, intuía que por supuesto seguían desnudos. Bajó como una exhalación, imposible decir que esta señora se acercaba a los setenta, a tenor de su fortaleza para bajar y subir escaleras. Telefoneó de nuevo a la inexistente policía antivicio. Se quejó que desde el último piso de su casa todavía podía vislumbrar los cuerpos desnudos de los muchachos bañarse sin recato alguno en el río. “¡ Y mi marido puede llegar de un momento a otro !” – vociferó como si estuviera dominada por un delirio letal- Los policías se alarmaron ante el griterío de la señora Gómez y acudieron nuevamente al lugar de la indecencia en cuestión. La señora Gómez respiró nuevamente aliviada, satisfecha por el peso que se había quitado de encima. Los jóvenes se habían retirado totalmente de su radio de visión, que parecía, por otra parte, considerando su edad, ilimitado. A los pocos minutos su corazón le empezó a latir, (el eterno temor). Bebió un gran vaso de agua, sorbo a sorbo, para tomar fuerzas, buscó en el trastero unos viejos prismáticos y subió otra vez, como una gacela poseída, a los altares del caserón campestre. En la terraza halló unas benditas escaleras de madera y trepó (Dios mío, de dónde sacará esta mujer tanta fortaleza, observaba siempre su marido) a la torreta que remataba el caserón. Se abrazó a la veleta y con los prismáticos atisbó a los lujuriosos muchachos que seguían retozando en el agua fresca del río con sus vergüenzas al descubierto. Poseída por una furia inusual decidió contactar nuevamente con los policías, sin embargo un espantoso quejido se le escapó al percatarse que la maldita escalera de madera se había desequilibrado y se encontraba sobre el suelo de la terraza. Desde la torreta abajo habría unos tres o cuatro metros. La tarde estaba cayendo y la noche incoativa se adentraba con parsimonia. Tendría que esperar a que llegara su marido. Los gritos de socorro no eran percibidos por nadie desde la alejada y solitaria casa campestre, ni siquiera por los desvergonzados muchachos, que se encontraban a varios kilómetros de distancia. Tenía que pensar en las explicaciones que le daría a su marido cuando la viera subida en lo más alto de la casa con unos prismáticos, tenía toda la noche para pensar en ello, y ya comenzaba a refrescar.

 

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