4+4=8 + 1= 9No es un título convencional, es una suma de números que representan años. Estuvimos unidos ocho años, pero me dijiste que sólo los cuatro primeros fueron auténticos, por lo tanto tenemos que los ocho se pueden dividir entre dos y dan cuatro, que sumados, obviamente, resultan ocho nuevamente. Y queda un uno coleando, que lo añado al ocho restante: la adición global es nueve. Este uno final agregado hace referencia a un período de tiempo (algo más de trescientos sesenta y cinco días) que, aunque evitable, hubimos de permanecer unidos, que no sumados, más bien divididos. Y allí estaba yo, manteniendo el tipo ante tu compostura fría y matemática. Siempre había sido así. Ya no me amabas. La computadora no estaba programada para seguir queriendo. La calculadora asumió que sus circuitos no podían seguir compartiendo su vida con un hombre como yo. Y el día catorce de enero del dos mil, a las veintidós horas cuarenta y cinco minutos era el momento exacto en que debías comunicarme que lo nuestro se acabó. La computadora en el fondo de sus circuitos debería de tener un dato: que dicha información se transmitiera pasada la Navidad, para que el receptor – antes llamado amado- no sufriera durante esta época tan... ( te dejo a ti el adjetivo) Y ahora releo el título y me parece espantoso, pero siempre hay – cada vez más- personajes que son amigos de lo novedoso y de lo arriesgado, he tratado de imbricar la forma y el contenido, esto es, tu forma y tu contenido. ¿O acaso tu respetable pasión por las piedras y cactus no son sino un reflejo austero de tu rigidez espiritual? ¡Por Dios¡ ¡Qué cambio tan dilapidante ¡ Pero tu recuerdo se asocia a esta esencia básica, tus colecciones. Y me mantuve a tu vera, absolutamente ensombrecido por tu delirante beldad, eclipsado por tus contubernios y por tus delectantes dosis de inteligencia fulgurosa y por ese talento adoquinado y pragmático, siempre flagelante y despreciante, sumiso yo a todos tus reproches, doctos y directos, que me caían insistentemente como jarros de agua fría y lacerante. Son las espinas de tu desdén, proceroso, fustigante, que ahoga mi mirada mezquina y huidiza. Tus abrazos cargados de espinas y tus besos fríos como losas, tus piedras y tus cactus. Amor, aún espero una respuesta a tu inclemencia, sigo sentado al filo de una noche negra y desolada, porque deseo tener la certeza de que, en algún minuto o insignificante segundo de esos “cuatro más cuatro”, algún atisbo de ternura pudiera asomar a tus párpados y derramarlo sin insidia sobre mis labios expectantes. |