Des-echoQuizá aún no lo sabes pero fui dulce y apetitoso manjar, y te aseguro que me miraban con verdadero deseo, desde todos los ángulos de la mesa. Me encontraba en una venerable recepción de diplomáticos, no sabría afinar el rango; conversaban amistosamente entre ellos, y de cuando en cuando advertían mi presencia y me lanzaban bruscas miradas de soslayo, ensalivadas y hambrientas. Me encontraba enjoyada de suculentos mejunjes culinarios casi, y como que me dejaban reservada para los postres, pues mi textura pálida marmórea se asemejaba a la nata, y mis limones recogidos en un canalillo que después regaban con cava, o con algún germen pastoso. Te lo aseguro, para ellos soy el plato más preciado. Ni el bogavante gallego, ni el caviar persa, ni el pato pekinés, ni el ilustre muslo de avestruz keniata con gelatina de uvas pasas corínticas, lograban seducirlos tan exánimemente. Ese crapulario vetusto distinguido y distinguible por su ociosidad, desidiosos de tanto ágape interminable, controladores y dominadores de las vidas que los rodean y de la mía misma, efímera y desechable, me han creado para deglutirme, y cuando me han lamido, después de la sobremesa, y entre mesa y cama me eructan, atufando la hediondez del habano mareante y el brandy mezclado de confituras, antes deliciosas, me manosean, sin usar los cubiertos de plata y oro, me muerden, me besan y me escupen, y acabo como los postres, la mañana de resaca, ataviada de impurezas e infidelidades consabidas y consentidas, cubierta de dinero blanqueado o podrido, soy arrojada por entero, y me diluyo en las cloacas del poder, sucumbiendo en la fosa común de todos y de todo, pringosa de mierda, deleite pasajero. Otra noche más, espero entre los postres más suculentos, de nuevo. |