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El cuento

Me lo has pedido, después como si fueras un león o un felipe, me repetirás que no te cuente más cuentos, pero esta vida es sumamente repetitiva, te lo puedo asegurar, y aunque uno haga mil greguerías o cien mil piruetas metonímicas termina uno contando lo mismo, lo cromático, lo sonoro, que se ve o suena novedoso sólo son combinaciones no aleatorias, y aunque así no fuera, ahí se encuentra el pertinaz autor, crítico o no, de voz ronca o delicadamente atildada para recordarte que lo que tú has moldeado ya lo modeló algún egregio años atrás, y recurres a ese tal mengano, aclamado, que ha concursado y lo han celebrado, impulsado por una voz central y admirada, aplaudido y aclamado simplemente porque sus combinaciones de tonos violáceos y ensombrecidos de grises han atraído la atención de la voz rotunda que se aburría de las tonalidades azuladas, y además habían comido y cenado juntos, entre arrumacos, y al detenerte en sus hojas, sólo descubres pobreza y aridez. Una ausencia ofensiva de imaginación. Y vuelves a sentirte humillado por esa descolocación, que parece aleatoria o no, pues no importa lo que tú entregues sino lo que otros quieran recoger. Pues claro que te lo voy a contar, todos lo vemos y todos lo sentimos y todos lo vivimos, y por eso no lo voy a ocultar a esa voz, que probablemente ya sea vieja.

 

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