Los viejosCaminaban por la acera de la avenida principal de vuelta a casa, seguramente habían salido para hacer su paseo vespertino, antes de la caída del sol. Los comercios estaban a punto de cerrar y la gente se había recogido mucho antes que otras tardes, pronosticaron un frío intenso para esos días, el cual se iba intensificando a medida que se aproximaba la noche. Los últimos rayos de sol acariciaban las cimas de las colinas, que se avistaban lejanas y gélidas. Desde hacía bastantes años regresaban uno tras otro, a él le cundía mucho más el paso, a pesar de la edad, ella, aquejada de reúma y de varices, lo seguía pasito a pasito, mucho más rápido, para compensar las anchas zancadas de su marido. Regresaban encorvados y ateridos por el frío, cubiertos por largos y pesados abrigos, rodeaban sus cuellos con bufandas de lana negra y se cubrían hasta la nariz. Recordaban perfectamente el lugar donde se conocieron, pero nunca se ponían de acuerdo en el cuándo, ni siquiera podían afinar en la época. Era un día claro, despejado, paseaban por el bulevar, los castaños y los olmos mantenían sus hojas verdes, aunque empezaban a amarillear. Eran muy jóvenes. Ella pensaba que fue en primavera, él siempre sostuvo que fue en otoño. Se quisieron, al principio, apasionadamente, parecía que el ardor no iba a cesar. Aprovechaban cualquier rincón, cualquier zona umbrosa, para besarse y abrazarse con absoluto arrebato. Sin embargo ella nunca llegó a comprender en qué le había fallado, qué mal sufrió en el corazón para que durante tantos y tantos años la hubiese ignorado. Cada noche regresaba oliendo a un perfume extraño, a tabaco y a alcohol, llegó el momento que ni se molestaba en limpiarse con el pañuelo y saliva el carmín que manchaba su cuello y sus labios. Entraba tan jovial, como un adolescente enamorado, e inventaba historias absurdas e inverosímiles para calmar los ojos rojos y humedecidos de su esposa, que no cenaba nunca porque el nudo que se le hacía en la garganta le impedía tragar, cada vez estaba más seca y estropeada. Y aquellas cartas de amor que ella encontraba en los sitios más insospechados, como si las dejara con premeditación para que ella descubriera la causa de su alborozo y de su entusiasmo. Ella se consumía poco a poco en silencio, parecía envejecer a pasos agigantados, como los que daba ahora él al aproximarse a la puerta principal. Mientras gira la pesada llave y empuja la robusta puerta de pino ella se coloca tras él, como una geisha, suben las escaleras, el viejo renquea en los peldaños, se agarra a la barandilla con fuerza, en cada escalón descansa y respira, engordó hace tiempo, la felicidad le sentó bien. La vieja, mucho más delgada y liviana, espera a que su marido se reponga, dé un resoplido y prosiga su jadeante ascenso. Entran al fin en el hogar, dulce antaño, amargo después. Se desvisten muy lentamente, como si se desposeyeran de sólidas corazas. ¡Qué calamidad¡ Nuevamente se han olvidado de encender la calefacción antes de salir, ahora tienen que esperar un rato, se frotan las manos y dan leves saltitos para entrar ligeramente en calor. Como cada noche ella ha de preparar la cena, se reviste con una cálida bata larga guateada. Desde hacía unos cuantos años cenaban juntos, a él lo irían dejando todas sus queridas, una a una, quizá porque la vejez está reñida con la hermosura, pensaba ella, los ojos celestes del marido que en otros tiempos levantaban más de un suspiro, se fueron hundiendo con el paso de los años, se rodearon de arrugas y de apenadas bolsas. Lo tenía a su disposición, viejo y achacoso, con la tos aguda de las mañanas y los esputos del lavabo, las malditas hernias que lo dejaban torcido y lamentablemente inclinado, los tremendos dolores de riñón y las noches sin dormir. Ella lo cuidaba con absoluta dedicación, movida más por la obligación que por el amor, ese amor que le fue negado durante tantos y tantos años, la cabeza le iba a estallar de pensar, de buscar alguna razón, por muy pequeña que fuera, que le hiciera comprender por qué dejó de quererla, por qué ya no disfrutaba con su cuerpo maduro que aún conservaba algunas frescas primaveras, por qué apareció como un fantasma doloroso, sin avisar, el desamor. Y los hijos, qué ingratos han sido, se casaron a temprana edad, buscaron empleos mal pagados los dos mayores y el menor se apresuró en concluir magisterio en dos años para salir fuera del hogar. Sus tres retoños, sus hijos adorables, también la abandonaron, ellos que fueron su consuelo y la razón de seguir viviendo. Pero no huían de ella, se consolaba, sino del putesco que los había engendrado, la clave para sobrevivir parecía bien sencilla: “madre, aléjate de él mientras puedas, acabará destrozándote el corazón”. Batía los huevos y agregaba las espinacas cocidas a la sartén, la cocina empezaba a caldearse. Tendría que ir, como cada noche, con los platos preparados y la crema de puerros, hoy tocaba, y susurrarle al oído que la cena estaba lista, al tiempo que él soltaba su último soplido y entrecortaba el ronquido, se sentaban en la mesa camilla y sorbían el caldo lentamente, un poco más caliente de lo habitual pues hay que calentarse el cuerpo por dentro. Él miraba al plato mientras comía, como ensimismado, ella levantaba sus ojos por si en algún momento se encontraba con aquellos ojos verdes que tanto adoraba, su mirada era recelosa, apenada y lenta. Ha pasado un día más, triste y pesado, esperando nuevamente una leve caricia, un beso en la mejilla o una mirada tierna. Sus lágrimas se le habían secado, su garganta se había estrechado hasta estrangularle casi el aliento. Cómo podía seguir amando a un hombre que la ignora absolutamente, cómo podía vivir con la esperanza de que algún día la estreche entre sus brazos y le susurre al oído “no seas tonta, te sigo queriendo”, pero qué estúpidamente ingenua, por ello seguramente sus tres hijos se marcharon de casa, porque ya no podrían soportar más no a su propio padre sino a la imbécil de su madre. Cómo una persona puede seguir ilusionada, día y noche, año tras año, por recuperar un amor que se fue largo tiempo atrás, pero ella lo veía muy cerca, era su presencia, tan sólo se conformaba con verlo, mirarlo, observarlo en carne y hueso, servirle, cuidarlo y acunarlo. Un amor aparentemente absurdo, pero de una entrega y dedicación total, y ahora con el regocijo añadido de que no hay otra que le robe sus besos, algún día me los ofrecerá, todos, todos los que no me ha dado estos años. Sé que lo hará tarde o temprano, el día menos pensado me agarrará por la cintura, me rodeará con sus fuertes brazos, me pedirá que lo perdone y volverá a besarme como al principio, y lloraré de amor, ese día tiene que estar cerca, muy cerca, al salir me anudó la bufanda y me dijo que no me fuera a resfriar, y en ese momento me miró, me fijé en sus pupilas y el gesto fue sincero. Probablemente mañana me abrace antes de salir, sí, mañana saldremos y antes de abrir la puerta me abrazará, a lo mejor no me pide perdón, siempre fue algo orgulloso, es posible que tampoco me bese pero estaremos un ratito unidos, escuchando nuestra respiración jadeante, y por fin brote la chispa. Es muy tarde, le llevo sus pastillas, la leche templada, ya he introducido la bolsa de agua caliente en la cama, lo arropo, se las toma una a una hasta completar las tres que el doctor le recetó antes de acostarse, para el riñón, el dolor de la hernia y la tensión. Me ha vuelto a mirar al tomarse la tercera, he sentido una cierta muestra de agradecimiento. El momento parece que se acerca. Al retirar la bandejita de la mesilla de noche me coge la muñeca, me parece que con cierta ternura, lo intuyo, vuelve a mirarme y entorna los ojos, está cansado, mi corazón ha latido, lo he sentido golpear en mi pecho y en mis sienes. Recojo, limpio y ordeno la cocina y me recreo en esos instantes, una inyección de ilusión corre por mis venas, ya no siento frío alguno, un intenso calor, dulce y sabroso, rodea mi cuerpo que se yergue y se eleva. Me siento en su butaca y me tapo con su manta y absorbo su olor que queda impregnado en el tejido, creo que he sonreído, no he de apresurarme, he de dejar que vuelva a mí, sin atosigarlo, que vaya descubriendo sus nuevos sentimientos, que se deje arrastrar por el amor que brota de nuevo en su alma. Han sido muchos años de espera y de amargura, parece que ahora recojo lo que he sembrado durante tanto tiempo, al fin creo que puedo recuperarlo. Me dirijo en silencio a nuestro dormitorio, sus ronquidos se me antojan amorosos. Me introduzco en la cama caliente y me estremezco de felicidad. Se gira y pega su pecho a mi espalda, no recuerdo un momento así, su respiración ha cambiado, creo que no duerme, está despierto, es cierto, me mueve con sus brazos, y acerca su rostro al mío, trato de asegurarme de que yo estoy realmente despierta, no me he tomado mi pastilla para el insomnio, sus labios rozan mi boca, y con su lengua me humedece mis labios, y me besa, al fin me besa, y yo creo que no estoy aquí, que estoy soñando despierta, que esto no es real, y me abraza, me abraza con toda la ternura del mundo, esto no me lo estoy imaginando, y vuelve a besarme, me cubre la cara con sus besos, todo está sucediendo antes de lo que yo preveía, mi corazón puede estallar de un momento a otro. Y se vuelve a dormir como un crío y me quedo extasiada, incrédula, henchida de gozo. Quiero disfrutar de la noche, de su cuerpo junto al mío, quiero retener esos instantes de amor, que tanto he necesitado, me resisto a dormir, a perder esos besos en el descontrol del sueño. El cansancio y el sopor me vencen... La felicidad me ha despertado al amanecer. La tenue claridad le ilumina su cabello plateado y su rostro me parece muy hermoso, casi ingrávido, poso mi mano en su frente con infinita ternura, pero está fría, muy fría, fría como la muerte. |