La muerteOcurrió cuando cumplí los diez años, lo recordaré siempre, pasé toda la noche en vela, llorando amargamente, me obsesioné con la idea de la muerte de mis padres, que seguían vivos y muy sanos, o con el fallecimiento de alguno de mis hermanos. Lo visualizaba absolutamente todo, hasta el más mínimo detalle: el cura que, con voz de ultratumba, daba la extremaunción, el cadáver yacente en el ataúd, el pésame de familiares y amigos, el llanto sin control, los quejidos de las vecinas en su inestimable rol de plañideras, los hombres rudos agrupados fumando compulsivamente y hablando de cosas insignificantes. Después, a vista de pájaro, contemplaba el cortejo fúnebre, que discurría lento y en silencio por las sinuosas calles del pueblo. Todo me parecía tan exageradamente real que el chorro de lágrimas que brotaba de mis ojos – y de mi corazón- no lo era menos. Ahora me resulta un tanto increíble que un niño de diez años sea capaz de imaginar un entierro tan auténtico, sobre todo porque nunca había asistido a ninguno, es como si en nuestra mente estuviera sellada por el paso de los siglos la imagen tétrica de la muerte. Desde aquella noche lacrimógena veo fogonazos, destellos efímeros de muertes futuras, disfrazadas de dolorosas enfermedades, accidentes irrisorios que concluyen en tragedia, otros más aparatosos y conmovedores, me encojo, como si me encontrara dentro de un capullo de seda y me pongo a sufrir y a llorar sin consuelo. Al rayar casi la cuarta década, percibo que probablemente me encuentro en el ecuador de mi vida, siendo moderadamente optimista, y si supongo que los años venideros serán mucho más efímeros que los anteriores – hemos de reconocer que hasta los veinte, la vida y la juventud parecen eternas, pero cuando rebasas la treintena los años se transforman en meses-, parece absurdo, pues los años se componen de los mismos días, horas y minutos, lo único que cuenta, al fin y al cabo, es el tiempo psicológico, éste es el que te marca, el que te llena de pesares, miedos y angustias, el que te va mostrando la silueta del último estertor, primero insinuante hasta que se hace persistente y desquiciante; el cronológico te estruja, te encorva y te arruga como a una pasa. De la cuna a la sepultura , en un abrir y cerrar de ojos. ¿Y después qué? Siempre la eterna pregunta. Me resulta muy curioso que el hombre, a lo largo de la historia, en cualquier etapa, se haya cuestionado si hay vida después de la muerte, ninguna civilización ha eludido estos interrogantes. Todas las religiones, desde las más primitivas, estructuran su sistema atendiendo al más allá exclusivamente, lo que nos espera después de morir. Sin embargo a mí me resulta tan inquietante o más tener conocimiento de lo que había antes de nacer, si es que hubo algo. Nos produce pánico la nada después del inevitable óbito, casi todos admitimos que antes de nacer pertenecíamos a la nada, en cambio, después de morir, nos resistimos a retornar a esa “ausencia absoluta”. No deberíamos aterrarnos tanto, digo yo, si regresamos a nuestro estado anterior. Sin embargo, nos dedicamos a inventar dioses, por centenares, a miles, y los hacíamos hablar, actuábamos como ventrílocuos, todos convergían, esencialmente, en el tránsito, nos describían minuciosamente el paraíso, el lugar a donde vamos después de morir. Más adelante se puso de moda el monoteísmo - nos hicimos menos avariciosos- , no obstante todas las religiones monoteístas prolongan las mismas tesis que las anteriores -que en su día fueron muy lícitas y luego las tildaron de paganas- , esto es, trabajar en la tierra de acuerdo con sus leyes, o lo que es lo mismo, someterte, para poder conquistar un supuesto lugar en un supuesto edén, pero esto no nos lo cuentan nuestros dioses sino el mismo hombre con su dominio total de la ventriloquia. Y a los niños les regañamos porque creen en fantasmas... y nosotros nos creamos un universo inabarcable de dioses, santos, vírgenes etc. ¿Qué diferencia básica existe con los primitivos tótemes? Y para colmo consideramos que nuestro universo celestial es el auténtico ¡Cuánta presunción¡ ¿ Por qué el hombre ha empleado tanto tiempo en desvelar el misterio de todos los misterios? ¡Y todo se basa en creencias¡ ¡No hay nada asible, ni demostrable¡ Cada religión, cada cultura tiene sus leyendas, sus ídolos, sus dioses... ríos de tinta han corrido inventando historias que mitiguen la llegada inaplazable siempre de la muerte. ¿Pero qué es lo que queremos? ¿Inmortalidad? ¿Felicidad eterna? ¿Cambiar o proseguir nuestra vida dichosa o atormentada? ¿ Obtener, al fin, una especie de recompensa divina por nuestra vida generosa y entregada? ¿Reunirnos con nuestras personas queridas, que perdimos a lo largo del camino? No se trata de creer sino de soñar. Encapricharnos, los más elementales, con un idealizado vergel y dejar que otro, más osado, nos lo describa y nos encandile con sus portentosas maravillas. Reflexionar, los presumiblemente más doctos, los repetitivos intelectuales y teólogos, con aparatosos axiomas, que la mayoría de las veces se trata de simplezas tautológicas, aludir con insistencia a los archiconocidos y omnipresentes Agustín y Tomás, que no aportan nada nuevo desde hace muchos siglos, refugiarnos en pétreas sentencias tipo si tenemos en nuestro interior la idea de Dios es porque Él la ha depositado en nosotros, y esto es irrefutable para demostrar su existencia. Y además, lo más importante es que... ¡ Pero cómo¡ ¡Oh qué calamidad¡ Ensimismado en mis pensamientos trascendentes sobre la muerte y el más allá, no me he percatado de que la cerveza refrescante que pedí al camarero con cara de guadaña ha perdido su espuma y se ha calentado, y la tapa de calamares se ha enfriado... me temo que de esta cerveza precisamente, ni de esta deliciosa tapa de calamares, jamás podré disfrutar. |