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El Preso

Muchas veces no sospechamos lo más mínimo, ni el cómo, ni el cuando, ni el porqué llegamos a una situación determinada, de privación de libertad. Nos encontramos ante una situación inesperada, no sabemos cuál va a ser nuestra reacción, pues nuestros mecanismos cognitivos intentan adaptarse a lo imprevisto. Nuestra mente calibra a gran velocidad, pero no encontramos una solución eficaz y rápida. Esos deseos incontenibles por solventar la situación se hacen casi depravadores, y nos precipitamos; ya está, ya lo hemos hecho, hemos decidido. Sin duda, hemos metido la pata. Algo nos engulle, nos rapta de sopetón, y nos aniquila. Estamos tan ensalivados por la propia precipitación, que aunque nos leen nuestros derechos, nos suena a receta de cocina, pues nuestros oídos se han taponado de manera visceral. De pronto se hace de noche y descendemos a los infiernos, nos rocían con líquidos caústicos y nos zarandean, supongo que para que confesemos, con muy mala educación. Ahí nos encontramos, como inmersos en un absurdo centrifugado, y de nuevo nos vierten ácidos para desfigurarnos sin clemencia el rostro, pero insospechadamente, para sorpresa de nuestros delatores, nos trasformamos en otros seres, menos mezquinos y más etéreos, e intuimos que nuestra libertad se aproxima lentamente. De pronto el silencio se adueña de nuestro sinuoso sendero. Tras la tormenta de la lluvia ácida nos adentramos en el laberinto de nuestra fortuna, pues, sin saber el porqué, ni el cómo, apreciamos que nos espera un nuevo amanecer, distinto a todos los demás, cargado de esperanza e ilusión...Vagamos, tras el estreno de nuestra nueva identidad, sin rumbo aparente, es como si ya nos hubiéramos redimido, hemos cumplido nuestra condena, y nos deslizamos por un manto floral absolutorio y saltamos henchidos de gozo y de aires fresco y renovados, hemos dejado atrás, al fin, nuestra vida disoluta y licenciosa. Afuera nos esperan nuestros seres queridos, pero lo sorpresa y la precipitación es nuestro sino, nuestro signo de distinción, y también nuestra propia condena sempiterna. Nos empujan de nuevo sin remisión, y nos expelen envueltos en un hálito zafio e hiriente para nuestras almas impolutas. Salimos al exterior, llegamos al final del túnel y nos rozamos con una protuberantes esfinges pétreas y peludas, sin rostro, sin personalidad, las guardianas impasibles, un ruido bronco nos acusa. Y nos desprecian con aspavientos, se taponan las fosas nasales con el índice y el pulgar. Hay un jaleo popular de risas vituperantes. Hay una nueva sacudida, como de metralla, suenan vítores y aplausos desenfrenados. Auténtica sicalipsis. Ya no distinguimos entre la reprobación y la aclamación, sólo sabemos que al fin somos libres, y que nada ni nadie podrá detenernos en nuestro encuentro con la Libertad.

 

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