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Un reencuentro particular

Desconozco el auténtico motivo de mi regreso. Mis padres murieron, hace muchos años. Mis hermanos, tan queridos, no quieren saber nada de mí, incluso, el mayor, con el rostro desencajado por la ira, me miró a los ojos aquella noche lluviosa y me dijo que ya no me conocía, que me perdiera para siempre. Mis amigos, los de toda la vida, se marcharon del pueblo y con otros he ido perdiendo el contacto hasta llegar a la total indiferencia. No hay nada especial que me ate a esta tierra. Creí que la añoranza era un sentimiento forjado por nuestros seres queridos, por los recuerdos de nuestra niñez y por los lugares que se mantienen inertes en nuestra mente, iluminados tan sólo por la plácida luz de la inocencia infantil que reposa mansamente en nuestra memoria. Ha transcurrido mucho tiempo. Las casas, las calles, sus plazas se han transformado, otras, en cambio, siguen inmutables, desafiando al paso de los años, con sus fuentes añejas y sus árboles perennes, con los sempiternos gorriones, son otros y son los mismos, adorables: saltan de rama en rama y se refrescan en el leve murmullo del agua; pero ya no hay niños jugando que, con sus risas y sus voces, alegraban la vida del lugar, ahora se ocultan en sus casas, atrapados en las redes perniciosas del televisor, esa caja parlante, portavoz y defensora a ultranza de lo establecido. El omnipotente dios Cronos ha deslizado su manto rancio y ha trastocado la imagen que guardaba en mi mente, pero no ha vencido al aire, ni al viento, ni a mi vívida nostalgia que rememora el aliento del pasado lejano. Paseo casi deslizándome, a veces mi cuerpo se tambalea por el azote de los recuerdos que me sacuden y me gritan. Me topo con mi escuela, mi vieja escuela, olvidada, rota y humilde. Me cuelo por un muro derruido y descubro el patio repleto de escombros, aquel patio deseado del recreo, las clases en ruinas mantienen los pupitres cubiertos de polvo y hallo un viejo libro abandonado y mustio, sus dibujos de colores conservan mi admiración y leo: “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón...” Lo cierro y por fin una lágrima asoma a mis ojos, decidida a arrastar a todas las demás. Esta fue mi mesa, en la tercera fila, aún se puede leer, aunque borroso y ennegrecido, el nombre de mi compañero que estampé con la punta del compás, el maestro se dirige hacia mí y me mira con sorna, aquella mañana cruda y fría de invierno no me sacudió con su palmeta en mis manos heladas, fue su mirada que se tornó despectiva e hiriente la que se encargó de hacerlo. Algo hice mal, muy mal, que no logré comprender. Allí se ven los pósteres descolgados y los murales de cartulina blanca, ahora amarillenta, con fotos y dibujos de insectos y con una rigurosa caligrafía que explica lo que la imagen comunica ya por sí sola, y el retrato del Generalísimo, casi de perfil, con su semblante sereno, como si no ocurriera nada por lo que alterarse, el cristal desmenuzado, cubierto de puntillos negros que las moscas se encargaron de depositar. Junto a él, el crucifijo, aquel emblema del pasado que nos servía de apoyo y protección. Todo a mi alrededor adquiere nuevamente su aspecto ruinoso y decadente. Me siento como en un cementerio profanado, sacudo la cabeza y pienso que no debería haber vuelto. Las imágenes inmaculadas que se refugiaban en mi pensamiento han sido mancilladas, ya nada es como antes. Recuerdos perdidos renacen como un sueño borroso. Sopla el viento agitando los álamos, lo envuelve todo y arrastra la hojarasca batiéndola en remolinos polvorientos, un torbellino de papeles y plásticos asciende a los tejados o se encarama en las celosías de balcones y ventanas. Es el mismo viento de septiembre que me sumerge de nuevo en un mar de sombras y sensaciones. Desando el camino que conducía al colegio y me atropellan los fantasmas de los chiquillos que corretean jubilosos con sus aparatosas carpetas. Abandono el barrio alto y desemboco, como un riachuelo perdido, en el bullicio de la feria que se inicia incólume cada año por estas fechas. Eolo zarandea impertérrito los estandartes y tenderetes, ondea tartanes y banderolas, globos, sacude banderines y pendones; mezcla, difumina y espolvorea los olores, los mil olores del dulce algodón, rosetas, pinchos morunos, pollos asados, tejeringos, turrones, manzanas de caramelo, garrapiñadas y patatas fritas y el vino dulce que embriaga suavemente. Entre la multitud lo veo, primero dudo y después asevero. En otro escenario no lo hubiese reconocido. Éramos los amigos inseparables de la infancia, mi compañero, los que jugábamos y discutíamos por tonterías, los que dirigíamos los juegos y formábamos las pandillas, los que nos perdíamos por los cerros más lejanos en busca de intrépidas aventuras, que nunca pasaban de huir de algún perro rabioso que se cruzaba en nuestro camino. Éramos envidiados por todos porque nuestra amistad parecía indestructible. Todo mi cuerpo se agitó por una sincera y clara ternura. Tenía que acercarme, saludarlo, charlar de aquellos tiempos y hablar del presente, tan hosco, tan cercano y a la vez tan distante. Una vez superada mi habitual timidez, la conversación se tornó cordial y fluida, me presentó a su señora y a sus risueñas hijas, por un momento deseé ocupar su lugar, se les veía tan radiantes, distendidos y afables, sin atender a nada más. “La quiero por su forma de cocinar” me susurró al tiempo que se agarraba su ya prominente panza. En ese instante, el amor que me pareció inconmensurable se deshizo ante banal aserción. Pronto se unieron hermanos, cuñadas, primos, sobrinos, empecé a verme como un intruso entre tanta algarabía familiar. Iba a ser domeñado por mi retraimiento natural cuando lanzó la indeseada interrogante:- ¿Te habrás casado? ¿No?- Asentí bajando la mirada, agregué que mi joven esposa había muerto a las dos semanas de la ceremonia. Nunca experimenté tantos rostros de pesar, asombro y desconcierto pendientes de mí. El viento cesó como por embrujo. Hubo un silencio sostenido, interminable. Me escabullí extenuado, eludiendo cualquier despedida formal. Aquel breve encuentro lo tendré grabado para siempre por lo ignominioso e infame. Me prometí a mí mismo, bajo cualquier circunstancia, ni silenciar, ni omitir, ni mentir o fingir. Para ellos mi vida no es un modelo a imitar, ni una conducta ejemplar. De mi pueblo aprendí que hay cuestiones en la vida, de la propia vida, que se deben ignorar. Decido volver y esquivo esta penuria afectiva que me acongoja, volver para sentir su cuerpo entre mis brazos, para refugiarme de nuevo en su inmensa paz, para disfrutar de sus caricias y sentirme querido, necesitado. Para confirmar que mi afecto no se reduce a sus dotes culinarias, limitadas y concisas, ni a sus menesteres del hogar, tan caóticos como imprevisibles. Es su sonrisa, su pelo, su forma de mirar y de suspirar, de pronunciar mi nombre y la espera impaciente de mi regreso. Vive en mí. Este amor tan digno no se entiende, no tiene sabor, a veces huele mal y se debería extinguir, otras licencioso, ridículo y semillero del vituperio y del chismorreo. Y ante esta falta de valor, rehúyo al desafío que alguna vez habré de afrontar camuflándome con cobardía, como un lamentable histrión, en la región de la penumbra y la soledad. Esa soledad, que sin llegar, se hace corpórea y empieza a roerme porque se vislumbra indecisa y avanza hacia ti, imponente y soberbia, cada minuto, cada segundo. Hemos sido relegados a un futuro sin primavera, sosteniendo un pasado enfermizo y gris que nos predetermina. Vamos aullando por el mundo, agonizamos en nuestras habitaciones alquiladas, en hoteles de pesadilla, hogares eternos de pobres corazones errantes. Mientras tanto, nos aferramos al presente en un intento por sobrevivir y por ganar la batalla, una batalla áspera, sangrienta en otros tiempos, que nos confinan a una segunda o tercera fila. Sobrevuelo el océano insondable. Mis meditaciones fluyen lentas como las nubes que se avistan, que casi no llegan a desaparecer. Y, tras un prolongado discurrir oculto, prohibido tal vez, ofuscado por el malévolo filo de la realidad y el deseo, nos acecha la muerte denigrante, fría, extremadamente fría, en la más completa soledad, sin un lamento, ni tan siquiera una furtiva lágrima que nos acompañe al otro lado para yacer, al fin, donde habite el olvido, diluidos por el viento y el tiempo, por la nada. Extraigo de mi pecho aquel viejo libro. Anochece. “La luna viene con nosotros, grande, redonda, pura.” Algo, mágico y divino, se queda en mí, y eso no se puede arrebatar. Dedicado a los que siguen sufriendo y no lo pueden evitar. Nueva York, 1988.

 

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