La cadena del dolorA veces dispones del título anticipadamente porque lo ves muy claro, lo he visto desde hace algunos meses pero no sabía cómo presentar el contenido, pues esto está lleno de matices y de consideraciones varias y difusas… “La cadena del dolor” hace referencia a todas esas personas que padecen el sufrimiento por el abandono del amado-a, y sin limpiarse completamente de las virutas resecas y ásperas del olvido se engarranchan como garrapatas a la primera persona que les presta su hombro para llorar, sin embargo ésta última cae en las garras del amor y sufre de nuevo y padece el abandono del abandonado inicial, pues éste no puede ofrecerle ese amor que ansía, aunque su intento vano se reactive día a día y decaiga nuevamente, y en ese vaivén el que espera desespera y nunca termina por comprender lo que hay, ya que sus ojos dibujan tan sólo lo que quieren ver, y de un beso roto recomponen un auténtico universo y de un apagado “te quiero” lo insuflan hasta agigantarlo sin más. Y no podemos culpabilizar al que gime por su desamparo, pues en ese huracán de sentimientos lastimeros no es decididamente consciente del previsible daño que pueda ocasionar al que se ofrece como palio de lágrimas, pues tan elevado es su dolor que no puede prever el dolor venidero, y ahogándose en sus congojas y penurias afectivas se desliza por la piel del nuevo amante, que no es otro que un desguace para sus lamentaciones, un títere movido por las cuerdas del amor y del dolor. Hay una falsa simbiosis. El que acoge tanto llanto y ofrece protección estima que si calma esas cuitas recibirá, alguna vez, una recompensa en forma de suplicante amor. La demora de la recompensa enardece su ánimo y aviva su desaliento, y entre beso y abrazo esquivo, de sus lacerantes labios fluye la savia amorosa que se hiela muy lentamente, y el dolor que intentó calmar lo acosa y lo rodea y lo posee y lo estruja y quebranta. Éste es el primer eslabón de la cadena. El germen que se traspasará y se instalará en un nuevo mártir. Pero el intercambio no cesa, ofrezco los destrozos del desamor y recibo reconstrucción del alma y una nueva sonrisa para estrenar. El nuevo amante se esmera día a día para recomponer el corazón ajado, y de sus manos temblorosas se desliza como arena blanca un amor huidizo y rojo que se resquebraja por el rencor y el espanto… De ese pavoroso deambular entre los rescoldos y las brasas que perviven en el recuerdo perenne del desolado intenta recomponer con fluidos de gozo aquella imagen perdida y viva, y con cauta mirada desbroza el alborozo del que espera indolente y lo viste con los recuerdos rotos que pueblan su enfermiza mente para que paso a paso reviva todo aquello que perdió sin saber cómo ni por qué una espesa noche, agónica y amarga. Y cubriendo de ademanes, olores y despojos, al nuevo amante, del que mató su amor, pretende reconstruir el vago sueño que perdió, mas lo que realmente ignora es que sólo reconstruye a pasos de gigante su pena y su dolor. Y como si de un embrujo se tratara, por momentos jubilosos y altaneros, en sus ojos reaparece el antiguo amante –y único- con todo su fulgor, idealizado y bello, y de su profusa beldad propala los propóleos para saborear el nuevo tramo de inesperado amor, tan irreal como traicionero. Y el que iba a actuar de presunta víctima no es otro que el nuevo verdugo que en su ingenuidad tosca acorrala y asedia al implorante, pues alimenta su engaño y le ofrece lo que él sabe que no puede dar, y se destrozan mutuamente entre besos y abrazos desquiciados, pues no es el amor lo que fluye entre sus cuerpos sino la espinosa cadena del dolor… Y comienzan a vagar proscritos, ya que nadie recibe lo que sus expectantes labios anhelan, y se retuercen en mudas súplicas de posesión y rechazo. Y vuelven a amar sobre brasas absolutamente muertas y mojadas por lágrimas, lágrimas negras y densas que fluyen sin cesar de las gargantas oscuras y oprimidas, oprimidas por el asedio de un mudo amor que va fortificándose y delectándose por la ausencia de dilección, y no es un dilecto amor lo que florece en ninguno de los dos, aunque el que acoge persevere como un diletante, pero su escaso entendimiento en el ars amandi, y las artes de seducción alejan cada vez más a su amado, hasta que en la lejanía éste alza su mano para decir adiós, un casi definitivo adiós cercano a la muerte. Eros y Tánatos conviven sin prelación en esmerada armonía, y se rescriben las páginas más trágicas sobre una historia de amor y convenceos, de una vez por todas, de que el verdadero amor es el amor no correspondido, ya que todos nuestros deseos se encaminan a la posesión del esquivo ser amado, y por ello perdura en el tiempo, es indeleble y poco tangible por lo de irreal y a la vez sempiterno, se posee tan sólo una idea, de la que eres dueño y con arrogancia, incluso, puedes llegar a domeñarla. Y yo como tal, huyo despavorido, sin detenerme, y me procuro un refugio lejano y de nuevo extiendo el virus del dolor, y el que fuera indolente, a su vez, prepara toda su artillería en desagravio y el encuentro con otra víctima propiciatoria se produce una furtiva noche de caza, y le rememora todo su mal y aflicción, y el causante de tanta afrenta lo quema en el infierno con duras y punzantes palabras, y vuelve a depositar su cabeza en el hombro del nuevo amante, como otrora lo hicieran en el suyo propio, y mientras asesina en su mente al ofensor, en sus manos y abrazos se gesta el siguiente eslabón que pica y envenena como un escorpión al que escucha atento y gime al compás… El agraviado decide que en su oprobio sí puede optar por destruir al que lo acoge, desmenuzándolo insidioso. Lo estáis comprobando, se va completando. Se repite con fragor todo lo anterior, y no es plateada, sino que es una negra y oxidada cadena de dolor. Y pronto se alzarán voces de condena, voces inquinas que sacarán a golpes al que huyó por fin. Y de su plácida caverna lo rescatarán para descuartizarlo y saquearle el alma impura, y de cuajo le arrancarán el corazón ensangrentado que al ofendido mostrarán para su mayor jactancia, que devorará con ira lacerada mientras a golpes machaca a su nuevo protector. Tal es la masacre que se produce que un vendaval de odios y rencores arrasa el entorno de los amantes que impuros yacen e impertérritos a lo largo de una condena asfixiante. Tal es el choque de inoportunas consideraciones que sus pupilas desgajadas se aniquilan en fulgorosa batalla, una batalla de odio y hiel. Pronto la cadena habrá concluido pero los reproches irán actuando y arrancando a bocados sangrientos los besos que se perdieron en aquel momento lujurioso que parecía eterno. Y comienzan a devorarse como dos alimañas furiosas. Estalla la tormenta al fin, pero jamás la calma volverá porque están condenados a padecer un terrible dolor eterno. Dos sísifos en encarnizada pugna hasta el final de los tiempos… Sin embargo la calma que tan lejana se apreciaba hosca como un interminable erial, asoma plácida y lánguidamente de sus huellas se impregna el ambiente, y con dulzura desentumece los recuerdos hieráticos de lejanos tiempos olvidados. Y aquellas calles solitarias y frías empiezan a recobrar viveza, y de su aspereza inerte asoma una brizna de luz, que envuelve sedosa a los amantes que antaño sigilosos pasaban entre abrazos y arrumacos, furtivos y ocultos de las miradas hirientes de soslayo. Pero no es posible ya detenerse a contemplar, sino de la congoja puedes saborear lo que ya fue y no será, y si en tu mente rememoras todo aquello sólo te queda el sabor dulce y amargo de aquel lejano amor que vive en un recuerdo agrio y que a duras penas retornar puede a tus ojos que lagrimean y enferman de angustioso dolor. Y lloramos lo que se perdió y despreciamos lo que nos llega porque sin apreciar seguimos lo que nos puede salvar, aferrados a los desplantes del ayer que supuran como serpiente putrefacta, entre el amor y el dolor. Siéntate al borde del precipicio y contempla el sereno discurrir del río de la vida, y no pienses que su devenir controlar pudieras, pues ni asirlo si quiera, pues entre tus dedos se derrama lentamente y se te escapa lo que deseaste, lo que no pudiste controlar, lo que te hizo vibrar y de sensaciones te inundó. Dibuja un mundo a tu antojo, decóralo con profusión, y lo que fue divino ornato lo convertirás tu mismo en poemas ensangrentados de dolor. Se conforma la cadena antes que el amado aparezca en tu triste vida, pues proviene de tierras lejanas y oscuras que comprender jamás pudieras, y de tu propio delirio amoroso emana la desolación que te irá la piel rasgando como si de un afilado cristal se tratara. Ya verás cómo apenas sentirás la punzante incisión pues tu alma se resquebrajará en miles de inexplicables fragmentos, y ya nunca más el daño físico te afectará, porque comprenderás al fin que el mayor dolor se produce en el corazón… Y ahora levántate y comienza a convivir como puedas contigo mismo, se te fue el amor y probablemente no retornará. Sólo te queda la posibilidad de amarte a ti mismo. Las personas heridas son doblemente peligrosas pues ya saben cómo sobrevivir, son auténticas lobas de los Cárpatos, hurañas, altaneras y desconfiadas. Pueden duplicar el daño que en ellas se concentran y si los remordimientos las abandonan son capaces de arrancar de un mordisco la yugular y aullar mientras un torrente de sangre las baña y las purifica. Ya sólo te queda patear el “I will survive” y salir a la calle sin tu maquillaje especial, pero esconde tus aguijones y apiádate por favor del pipiolo que empezó igual que tú, con un tierno jazmín entre sus labios. La cadena del dolor se nutre de la humillación, el abandono, la congoja, la soledad, el rencor, el odio y las lágrimas. No subestimemos a quien ha sido dejado en la total indefensión pues de su inocente desamparo surgir pudiere un ciclón de afiladas cuchillas con el único objeto de herir. Devuelve lentamente el daño acumulado, con inquietante premeditación, destruir al ex amante y hundirlo definitivamente en el lodo es su propósito prioritario, y si por ese rencoroso camino puede arrasar a todos aquellos que se vinculaban a él lo hará sin demora y con auténtico placer. A ellos, los dolidos, se les robó la vida, por ello están tan cerca de la muerte. No es extraño que intenten enamorar de nuevo, seducir, para sentirse vivos, no obstante cuando se percaten de que la presa ha caído definitivamente en sus redes procederán a su aniquilamiento. La venganza se abre en múltiples círculos, son eslabones con espinas que se hincan hasta hacernos sangrar y ese daño lo vamos traspasando hasta conformar la cadena del dolor. Y todos ustedes que os sentís arropados y seguros bajo la protección de una pareja que parece que es eterna os perdéis por fortuna todos estos desagravios y punzantes noches de insomnio y quebranto, en cambio jamás paladear podréis el néctar ebrio y sabroso de una nueva historia que estalla con besos lujuriosos y ya no reconoceréis el arrebato pasional. Os amedrentan las nuevas sensaciones y sus nefastas consecuencias. Permaneced inmóviles, no os mováis, ni suspiréis… El amor os puede rozar y ya adelanto que si sucumbís no se puede retroceder, formaréis parte inexorablemente del siguiente eslabón. A veces te asientas y te acomodas porque no sabes capear a la soledad y te dejas querer, tus mudos latidos no sintonizan con tu deseante fulgoroso, y te dejas llevar como una cometa rota que bambolea el viento, tus deseos se enturbian y sólo besas si te besan y sólo dices “te quiero” como respuesta, y cada vez te encuentras más y más vacío. Olvidar no puedes tu anterior amor, y lo tejes entre sueño y sueño, lo alimentas con cada uno de tus recuerdos, y crece aún más en tu mente, y cuanto más crece más te alejas del que su vida te ofrece, y nuevamente tus lágrimas sólo riegan tu desconsuelo, que se alimenta a su vez con tus frustraciones y tus anhelos, y todo esto va forjando a hierro fundido nuevos eslabones de tormento y de dolor. Nuevamente asistimos todos a un fraternal abrazo entre el odio y el amor. Y crees que lo quieres, pero sólo quieres lo que crees, y en tus constantes desaciertos descubres que quieres querer y ese deseo te conduce tarde o temprano a la más espinosa cadena. Has entrado al fin en la espiral de la rutina, te has dejado llevar, no sabes decir adiós porque con ello rememoras el tormento del pasado, cuando te tiraron como una colilla, y la ruindad y la mezquindad de ti se apoderaron, creíste que los besos y los “te quieros” permanecerían para siempre, pero sólo perdura el abandono. Terminamos aullando en lejanos y fríos moteles de carretera, atormentándonos por lo que pudo haber sido, mientras la soledad espera silenciosa hasta que de un mordisco te arranca el corazón y lo escupe aún caliente sobre tu rostro petrificado por el horror. Esperabas que se enamorara de ti, o que tú desterraras de tu mente a ese ser que la puebla día y noche, pero no ocurría nada de eso. Seguías vagando como un perro hambriento, alimentándote de carroña y de las vísceras podridas de los desechos del amor… Y ahora hazme un pequeño favor, mírate detenidamente al espejo, observa las arrugas de tu rostro que van abriéndose como surcos y tus ojos se pueblan de ojeras, y la comisura de tus labios se reseca como pasas, y tu mirada cansina se nubla cada vez más, y lo peor de todo es que eres incapaz de descubrir lo patético que eres. Media vida buscando lo que no has podido encontrar. El viaje era hacia adentro y no hacia afuera. Necesitabas, ante todo, buscarte a ti mismo, pero la pertinaz búsqueda sólo se convertía en austera sequía y lóbrega esperanza. Tantos años acumulados para multiplicarlos sencillamente por cero, permíteme que me ría. Te lo he dicho antes, lo peor de todo es que no puedes si quiera vislumbrar por un momento lo patético que eres. Sigue con tus sueños de princesa, sigue engañando a los demás, sigue engañándote a ti mismo, y retuércete en tus congojas hasta que alguien te diga con una mueca de asco…”das pena”. Cuanto más huyes del pavor más te acercas a la estulticia. Con tu deplorable llanto sólo alientas a las desalentadas amapolas. Y haces tus escapadas con tu sucedáneo a ciudades increíbles porque allí, en algún instante imprevisto, piensas que la chispa puede saltar, sin embargo entre beso seco y caricia estéril tan sólo florece la presencia maldita e indeseable de la cadena del dolor. Y el regreso lo haces mudo y sin aliento, regresas a la tensa rutina, al aburrimiento, al hastío. Y te ahogas segundo a segundo porque no sabes decir “no”. Y te refugias en inverosímiles aficiones y te agarras al cuello de cualquier amigo para hundirte junto a él. La muerte en compañía es mucho más llevadera… Sueña, duerme y recuerda cómo tu noche oscura del alma de infinitas estrellas fue cubierta. Goza, gime y mira atento cómo te tiende su mano para salvarte del dolor. Es el momento de olvidar y de decidirse, es el momento de abrir la puerta a las nuevas caricias que te salven del eterno dolor… Sin embargo te vuelvo a ver aferrado a las lejanas melodías, a su borrosa y viva presencia, y a las canciones que te enamoraron. Efectivamente, es único y verdadero el amor no correspondido, lo demás es sólo transitorio, ya que solamente una vez se ama en la vida, sólo una vez renuncias a ti mismo y te entregas. El resto son los eslabones de esa cadena que ya conoces bien… Pero no quiero cerrar la puerta completamente, hay un resquicio, hay alguien que puede caminar junto a ti antes de que llegue el frío invierno. Puede ser quien tú sabes, esa persona que se acerca con cautela y te mira desde lejos y te espera sin pronunciar tu nombre porque por ti siente algo más que afecto y admiración. Lo tienes muy cerca, casi te está rozando. Si renuncias a él, el tren pasará de largo y tus noches para siempre permanecerán en absolutas tinieblas, aunque te queda el escape de pensar en él y soñar que lo recuperas y seguir tejiendo sueños, que son eslabones igualmente, dulces y amargos a la vez. Con tus manos temblorosas puedes modelar tu propio futuro y escapar del abrazo mortal que la cadena del dolor prepara sigilosa para ti. Y existe un permanente rayo de esperanza, que no puedes reconocer: siempre estás a tiempo… Fue entonces cuando el poeta dijo: “Amor de mis entrañas, viva muerte, en vano espero tu palabra escrita y pienso, con la flor que se marchita, que si vivo sin mí quiero perderte. El aire es inmortal. La piedra inerte ni conoce la sombra ni la evita. Corazón interior no necesita La miel helada que la luna vierte. Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas, Tigre y paloma, sobre tu cintura En duelo de mordiscos y azucenas. Llena pues de palabras mi locura o déjame vivir en mi serena noche del alma para siempre oscura.” |