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El buen maestro

He dedicado muchos años de mi vida a una tarea que consideraba hermosa y ahora, cuando menos, se me antoja ingrata, improductiva e incluso amarga y paranoica, sí, me han oído bien, paranoica. Más adelante comprobarán la autenticidad de mis palabras. Se supone que me dedico a formar y a educar jóvenes muchachos y muchachas, que se convertirán, el día de mañana, en el motor de nuestro país, nuestra economía, nuestro desarrollo, nuestro progreso, el futuro de nuestra sociedad. Nosotros los docentes nos dedicamos a que todas esas expectativas se hagan realidad. Sin embargo esta ocupación, que requiere un alto grado de responsabilidad, de un tiempo a esta parte, ha perdido apoyo y reconocimiento social. Los padres, con parir, vestir y alimentar a sus hijos, consideran que su misión ya está cumplida. En esta tesitura entramos nosotros, y nos encontramos un panorama desolador. Para enseñar, previamente debemos realizar un proceso de doma y domesticación del alumnado, salvo raras excepciones, la segunda fase consistiría en suministrar ciertas dosis de educación y reglas fundamentales de urbanidad a lo pigmalión , breves y concisas para no atosigar. Que nadie nos pueda reprochar que vulneramos sus derechos, los cuales, como todo el mundo sabe, quintuplican, a sus deberes. Al final del curso, si logramos que puedan escribir sus nombres sin faltas de ortografía podemos darnos por satisfechos. No voy a centrarme en disertaciones, ni en discursos que suenen a peroratas, porque acaban malinterpretándose y nuestras reivindicaciones se banalizan y se aprecian tan sólo como aumento salarial. Este derecho parece reservado a los médicos, que con sólo abrir la boca... En cambio, los políticos no necesitan ni abrirla. Pero ¿qué hago? Dije que no iba a reprender a nadie, ni a echar monsergas. Aquel curso será recordado como el más terrible de mi vida, a los acechantes problemas económicos se le unió la dramática enfermedad de mi esposa, que no haría sino avivar, como un fuego devastador, mi incipiente depresión. Terapias sicológicas, siquiatras que me suministraban tranquilizantes y macroproductores de serotonina. Fue el tiempo, probablemente, quien puso cada cosa en su lugar. La herida en carne viva que me dejó mi esposa al irse para siempre tardó en cicatrizar. Tras estos años tormentosos me había convertido en un moribundo que casi exhalaba su propio fuego fatuo. Coincidiendo con este abyecto epílogo, fui trasladado – los docentes somos ubicados y desubicados con asiduidad, no tanto como los animalitos del zoo – a un centro de enseñanza célebre por los especímenes que lo habitan, dignos, diría yo, de estar una temporadita enjaulados como monos aulladores para que no hieran a la gente de bien. No obstante se supone que servimos al estado y debemos colaborar en la educación de estas adorables criaturas. E intentar organizar aquella masa caótica, atropellada, amorfa, bulliciosa, denigrante, tirana, irrespetuosa, incívica, amoral, subversiva, cruel, vejatoria, inhumana. Estos calificativos, y perdón por tan irrespetuoso datismo, eran pensados, pero en ningún momento pasaban por las cuerdas vocales. En todo caso se disfrazaban de eufemismos tales como revoltosillos, inquietos, traviesos o juguetones. Aquel tirano programa –elaborado por antiguos docentes, antiquísimos, diría yo, los cuales permanecen ahora encaramados en las altas cúpulas de la burocracia- me obligaba a explicar y a leer en clase el Polifemo de Góngora. Hube de centrarme, en primer lugar, en el mito propiamente para despertar un mínimo interés. Exageré, coloreé, añadí y suprimí todo lo que se me antojaba para actualizar aquella bella historia que a mis pupilos les hubiera parecido, cuando menos, ridícula. La versión me resultó ignominiosa, repleta de tiros, decapitaciones y litros de sangre, pues todo esto me era demandado por los morbosos babeantes, ávidos de vísceras, mutilaciones y otros tripajos varios, interrumpiendo en cada mendacidad, para ilustrarme con todo detalle que aquello ya lo habían visto en alguna película casera, o con sus padres en el cine un sábado por la noche, un lujo que sólo algunos se lo podían permitir. Los versos comenzaron a fluir de mi boca, lentos e inseguros, pues la galbana y el aburrimiento empezaban a molestar... Templado, pula en la maestra mano... Hasta que se trocaban en densos y pastosos... el pie argenta de plata al Lilibeo... Al tiempo que declamaba paseaba la vista por el aula. Sus caras, no podré olvidarlas, confusas, aburridas, furiosas. Para ellos era un idioma desconocido, ignoraban cualquier estrofa, cualquier verso. No comprendían el más mínimo significado... A pesar luego de las ramas,viendo/colorido el bosquejo que ya había... En aquel preciso instante creí percibir un momento de absoluta atención, el murmullo cesó por completo, sus rostros se iluminaron como si un rayo de luz trinitario les hubiese desvelado el misterio. Me dispuse a enlazar los versos cuando, de repente, un tomate podrido me impactó en un ojo – comprobé lo de su putrefacción por un olor acre, hediondo y penetrante -. Todo se trastocó. Los niños empezaron a reír y a chillar, se convulsionaban, pataleaban, tiraban las mesas y las sillas al suelo. Ni siquiera pude iniciar el amor que experimentó Acis por Galatea. Allí me encontraba yo, subido en la tarima, en medio de aquella cruenta algarabía, emulando al cíclope, con la poca dignidad que aún podía mantener. Este suceso me perturbó tanto que lentamente descendí a las simas del más profundo abismo. Parece ser que la desalmada algazara tomó por afrenta aquella sublime lectura, que les podría sonar a nefasta e insultante, qué digo, mucho más que eso, seguramente comparable al agrabio mayor de la historia de la humanidad, pues desde entonces el centro se llenó de pintandas calumniosas, que incluían a mi familia, mi pobre auto sufrió también las fatídicas consecuencias, de los tolerables rayones pasaron a pinchar los neumáticos, hasta que alguien decidió, definitivamente, prenderle fuego. No es de extrañar que solicitara la necesaria baja por depresión. El doctor, una eminencia en siquiatría por estos lares, me la concedió a regañadientes, no sin antes pergeñar un cuadro retórico de las excelencias del nuevo sistema educativo. Pontificó, a su vez, acerca de las virtudes del buen maestro y sobre su manera de actuar. Sin duda, yo no he sabido enfrentarme a ellos, ni he podido mantener el orden y la disciplina, y he sobrevalorado los insultos, las agresiones anónimas, los ataques vandálicos a mi único medio de locomoción etc. Lo cierto es que me retiré de la consulta cabizbajo y con mi autoestima pisoteada. Nuevamente asistí a la vejatoria charla-teórica contra el docente de hoy, con los mismos postulados que esgrimen los inspectores de educación desde sus opulentos despachos y todos aquellos que hablan y hablan sin parar sobre técnicas pedagógicas, los que curiosamente jamás se han encerrado en una clase con cuarenta fieras. Siempre he rechazado lo de cualquiera tiempo pasado fue mejor, pero es obvio que el trato, la disciplina y el respeto de antaño se han perdido, me refiero exclusivamente a este terreno, lo demás no hay que añorarlo si quiera. Tres semanas bastarían para recuperarme anímicamente, supongo. La casa ora se agrandaba, se dilataba, hasta representarse inabarcable, por doquier aparecían fauces como tentáculos, dispuetas a engullirte, ora menguaba y menguaba para estrujarte y aplastarte como a un gusano sarnoso. Aquel era yo. Un ser medroso, paranoico y esquizoide, maniaco-depresivo, en las lindes de la locura. O acaso había entrado definitivamente en su reino. El pasillo se angostaba y corría como un demente hacia el otro extremo, que se hacía inalcanzable, gritando, preso de un febril ataque de pánico. Decidí atiborrarme con los barbitúricos recetados. Engullí catorce pastillas entre ansiolíticos, tranquilizantes y antidepresivos. Argüí que aquella cantidad bastaría para un suicidio lento seguro e indoloro. Como el anhelado estado de postración tardaba en presentarse, ojeé las recetas médicas y cuál no fue mi sorpresa cuando comprobé, somnoliento, que la cantidad de píldoras ingeridas equivalía a las recomendadas en el tratamiento. Cualquier inquietud, estado de nervios o desesperación, miedo o fobia, habían sido anulados en defensa de un feliz y apático sentimiento de hibernación. Ni siquiera podía ser consciente de lo solo, de lo angustiosamente solo que me encontraba. Presumía que iba encontrando el norte. Ante tanto y tanto descalabro, en algún momento atisbaba un rayito de luz, difuso como una hebra al principio, contundente como un haz que se precie después. Me habían reducido ligeramente las dosis y la realidad reaparecía con todo su esplendor, gris se tornó inesperadamente cuando el teléfono chirrió, sacudiéndome como a un pelele que hubiera sido manteado de improviso. Ese fue el instante en que se iniciaron nuevamente un rosario de amenazas, improperios y otros desplantes caniculares, difamantes. Al colgar el auricular, mis manos temblaban. Un sudor frío recorría mis sienes. Presentía que iba a continuar para siempre sumido en aquel infierno, que sería incapaz de asomar la cabeza fuera de aquel suplicio cenagoso. Aquella mañana se me antojó la más luminosa de mi gris existencia. El teléfono sonó otra vez, desafiante. Lo descolgué con decisión. Comenzó a fluir aquella maldita voz de perturbado. Como un fogonazo, creí reconocerla hasta que ya no cabía duda alguna. “Sé que eres tú, Hidalgo” - Exclamé con absoluta firmeza – El muy bastardo colgó pero no tardé en localizar sus datos en las fichas personales de los alumnos. Le propuse una entrevista para aclarar esta delirante situación, tan humillante como espantosa. Me sorprendió la rapidez de su decisión, actitud que infundió una lógica desconfianza por mi parte. Lo tenía ante mí, alejados de la ciudad, con su pelo medio rapado, los vaqueros rotos y descoloridos, una camiseta negra ajustada que marcaba su ridícula musculatura, una cruz como pendiente y unas gafas de sol negras, que ellos llamaban pastilleras, ocultaban sus ojos negros y rencorosos. Aunque no lo crean, temblaba yo como un colegial que se topaba con el líder de la clase. Todas mis fobias parecían que iban a emerger ante aquella imagen demoníaca. El sol de la tarde resplandecía y el mar le devolvía todo su fulgor. Propuse ir caminando hacia el oeste y ascender a los acantilados. La conversación prometía ser de lo más jugosa y enriquecedora. Inicié el interrogatorio con la pregunta: ¿Por qué me arrojaste un tomate podrido? Se mostraba muy seguro en su respuesta: Por que no conseguí huevos, podridos claro. No sé si a través de sus opacos cristales percibió mi mueca de sorpresa e indignación. Proseguí, sin entrar en minucias: ¿Por qué este asedio, esta persecución a la que me has sometido? ¿Existe una causa que justifique tanto atropello? Parecía que iba a titubear, pero respondió con contundencia: Porque me recuerdas a mi padre. Toda nuestra plática posterior se limitó a unas cuantas respuestas hirientes, otras tantas irónicas y algún que otro monosílabo, por lo que la suprimo ya que poco aporta a la conclusión de esta historia. Aproveché su laconismo para ilustrarlo con las ventajas que aporta una buena formación intelectual y las puertas que se le abrirán en un futuro si se actúa de manera educada y civilizada. Me sentía impelido a continuar, porque noté que cayó en una especie de mutismo complaciente, aunque bien podría tratarse de indiferencia lacerante. Sea como fuere, inicié un breve recorrido aludiendo a las excelencias culturales de los griegos, a las virtudes de los sabios humanistas y a la templaza que el espíritu recibe con la lectura de los clásicos. Por un momento experimenté la sana y provechosa utilidad que puede ofrecer un maestro a su pupilo. Me sentí plenamente realizado, porque parecía que mis palabras no caían en saco roto, porque alguna semillita podría sembrarse. Pero ese hálito de tenue esperanza se desvaneció cuando exclamó: Todo eso es una mierda mucho más grande que la que tenemos ahí. Aseveró señalando una inmundicia de proporciones realmente monstruosas. No obstante, lejos de amilanarme proseguí enarbolando la bandera del soldado heroico, que lucha hasta el final, aunque la batalla se dé por perdida. Nos encontrábamos completamente solos, en la cima de un portentoso acantilado, el viento soplaba con autoridad. Lo invité a contemplar la grandeza del mar y el sosiego que transmite. Apoyé mi mano sobre su hombro, en señal de fraternidad. Contaré a todos que has intentado meterme mano, que eres maricón. Exclamó el ultrajado pupilo. Me mostré imperturbable. Continué como si no hubiera dicho nada: ¿ No te interesaría conocer cómo terminaba la historia de Acis y Galatea? Permanecíamos absortos ante el insondable océano, impregnados por una súbita calma. Instalados en la cumbre, el mundo se empequeñecía ante nuestros ojos. Míralo, retén en tu alma su inquebrantable grandeza. Siente cómo no somos realmente nada ante esta infinita extensión, que comulga en la lejanía con el cielo. Advertí un leve estremecimiento de pleitesía. En ese preciso instante, la calidez y la templanza se oscurecieron, todo se cubrió de un manto ominoso, como si mi mano hubiera obedecido a una fuerza ajena, empujó al vacío al infortunado discípulo. Y desde lo más alto, a modo de sacro epitafio, me dirigí al majestuoso Ícaro, que libre descendía al fin, para unirse con el mar: No temas, la vida surgió del mar y a él debemos regresar, como Acis. Nos fundimos con el Todo para reciclarnos, quizá regreses alguna vez convertido en un ser más digno y merecedor de esta vida que tanto te ha maltratado. Emitía una señal gutural que se acercaba más bien a un quejumbroso graznido. Se revolvía en el aire como un albatros malherido hasta que se precipitó contra los punzantes y afilados peñascos. Las olas impetuosas lo absorbieron y el mar embravecido se lo tragó. Poco tiempo transcurrió hasta el día que hube de reincorporarme a la ardua tarea. Delante de la puerta principal se encontraban hieráticos el director, los jefes de estudios, el inspector de educación. Habían hallado el cadáver de Hidalgo, carcomido por los peces, en una playa lejana. Todo mi ser temblaba. Me transmitieron sus condolencias y se alejaron acompasadamente. La posible sospecha que pudiera recaer sobre mí alimentaba de forma inexorable mi inquietud, reapareciendo de nuevo mis estados críticos de ansiedad. Sin duda había separado del todo a la manzana podrida, había aniquilado su malévolo influjo sobre el resto de los alumnos, creo que obré en consecuencia, como un buen maestro, aunque, en verdad, un ser superior decidió por mí el desenlace de aquel momento fatal Una tarde parda y gris localicé, hurgando en trabajos y controles pasados, una redacción perteneciente a mi malogrado alumno. En ella expresaba, casualmente, su anhelo de quitarse la vida frente al mar. Decidí usarla como una hipotética defensa, sé que es una manera ruin de obrar pero creo que mi difunto pupilo hubiera actuado de esta guisa en mi lugar. Siempre acaba produciéndose alguna maligna simbiosis entre el docente y el discente. Desde entonces, cuando se inicia el curso escolar, invito a mis jóvenes discípulos a que redacten un suicidio imaginario ante el insondable piélago. Son las futuras pruebas de mi inocencia. Nadie conocerá mis maquiavélicas actuaciones porque estos muchachos no se comunican con sus padres, no hablan entre ellos, y ya casi no sienten. Vegetan. Y yo, seguiré obrando con mi deber, como un buen maestro. “No podría decir que era más grande: Mi amor por Acis o mi horror al Cíclope” Ovidio.

 

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