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El dermatólogo

George Butler era un adinerado inglés afincado en una lujosa villa de la Costa del Sol. Vivía muy tranquilo, con vistas panorámicas al mar y a la montaña, con sus perros, dóciles y fieros, Rottweillers y Labradores, su Saab descapotable para el verano y un Volvo de la gama más alta para el invierno. Tan sólo confiaba en la tecnología sueca. Despotricaba de todo lo europeo, como buen inglés (Suecia se encontraba muy al norte). Nada lo satisfacía, de España mantenía la idea, aún, de que era un país bananero y subdesarrollado, sin embargo adoraba el clima, la comida, los bares, los restaurantes, las autovías gratuitas, el jolgorio y la marcha de los fines de semana, la espontaneidad de sus gentes y la belleza latina de la mujer española. Conocía cada rincón y aseguraba, cuando más borracho estaba, que Sevilla y Granada eran las ciudades más lindas del mundo. En privado, muy en privado, blasfemaba de los ingleses y del odioso tiempo húmedo y lluvioso que los acompañaba la mayor parte del año. Sus viajes a Londres se iban dilatando cada vez más. Había persuadido a su madre y hermanos para que vinieran a Marbella y se instalaran en lo que él consideraba “su paraíso”. Su ostentosa mansión se perdía entre los pinos y la más variopinta vegetación mediterránea de la parte más alta de la ciudad. Trataba con absoluto desdén a sus criados escoceses y se pavoneaba ante todo el mundo de sus riquezas y de su inestimable bienestar. Poseía varios restaurantes de lujo en Puerto Banús y otros negocios inmobiliarios a lo largo de la costa. Tocaba al piano acompañado de su, un tanto desafinada, voz tenor y en sus ratos libres interpretaba piezas teatrales de Shakespeare en el teatro inglés de Fuengirola. Era muy admirado y envidiado y presumía de sus particulares amistades con Freddy Mercury, ya fallecido, Elton John y Rod Stewart. Se cuidaba mucho “por fuera” y se descuidaba muchísimo “por dentro”. Comía demasiado, se emborrachaba casi todos los días, fumaba compulsivamente, sin embargo su cutis lo mantenía terso y brillante con cremas muy caras y elaboradas. Una mañana, al levantarse, comprobó que tenía una diminuta verruga cercana a la parte derecha de la comisura de los labios, del tamaño de la cabeza de un alfiler, a sus cincuenta años no le encontrabas ni la más insignificante arruga en el rostro, por ello esa verruguita le pareció horrorosa. Se la observó detenidamente en un espejo de aumento y se conmovió por lo descomunal de su tamaño. Olvidaba que todo depende del cristal con que se mire… Como se dedicaba a la vida ociosa, ya que vivía exclusivamente de sus negocios, rentas y herencias, disponía de mucho tiempo libre, así que esa misma mañana acudiría al dermatólogo. En otras ocasiones viajaba a Londres, en primera clase, cuando tenía que consultar con su médico, incluso por el más común de los resfriados. Estuvo a punto de llamar al aeropuerto de Málaga para reservar vuelo pero desistió un poco por pereza, además Marbella dispone de doctores ingleses muy capacitados. Desconfiaba absolutamente de los médicos españoles, especialmente de los andaluces. Acudió, tras tomar un típico desayuno inglés, a una consulta situada en una transversal a la avenida Ricardo Soriano. El doctor Trollope la observó con una lupa y con cierto desaliento le comentó que se trataba de algo sin importancia: -Mister Butler – le habló- tiene dos sencillas opciones: o aplicarse esta cremita y en una semana habrá desaparecido o le proyecto sobre la misma este aerosol frío y esta noche se le habrá caído. -Opto por la segunda, pues mañana estoy invitado a una fiesta y no puedo ir a la cita con esta maldita verruguita…- respondió con firmeza- Esa noche durmió George Butler con cierta intranquilidad, se despertó a las cinco de la madrugada rascándose la comisura de los labios, primero empezó con un leve picor y luego sintió una especie de quemazón. Fue al baño con cierta preocupación y observó que, efectivamente, la verruguita había desaparecido, como le aseguró el doctor, pero en su lugar había una mancha oscura, como una peca grande, que le producía un picor muy incómodo. Se aplicó un poco de alcohol y chilló debido a un terrible escozor que sintió. Se vistió, empero, con parsimonia, con esa compostura inglesa que transforma la preocupación en un dogma de fe estoico. Esperó casi cuatro horas en la puerta de la consulta hasta que el doctor Trollope acudió a las nueve en punto de la mañana. - Mister Butler – le dijo mirándole a los ojos- esta mancha oscura se la ha producido usted mismo al aplicarse alcohol en la piel. Tendrá que untarse esta crema cada seis horas, le bajará la inflamación y la rojez, y disminuirá el picor. Póngase también esta otra para combatir esa despigmentación, ya verá cómo mejora en las próximas veinticuatro horas. George Butler se marchó con cierto entusiasmo, en el espejo del ascensor se iba aplicando las dos pociones al mismo tiempo, necesitaba recuperarse rápidamente. Se echó una reconfortante siesta y volvió a ponerse las dos cremitas, comprobó con cierto júbilo que la mancha estaba menguando. El suntuoso ágape lo celebraba Sean Connery en su brillantísima y colosal villa en Cascada Blanca. Había muchos invitados y la cena resultó muy animada y divertida. A las pocas horas G.Butler ya se encontraba medio borracho y pletórico. Una señorona, al tiempo que escuchaba sus fanfarronadas, se le aproximó a su cara sujetándose sus binoculares y le exclamó: “Mister Butler, observo que usted tiene algo extraño en su cara… No sabría decirle si se trata de un…” Nuestro impecable inglés, vestido enterito de Armani, se dirigió presuroso al primer baño que encontró en su inquietante deambular y, pese a su embriaguez, fijó su mirada en el espejo, aguzó la vista, todo giraba a su alrededor, el lugar que albergó una verruguita y luego una mancha oscura lo ocupaba un boquete, un agujerito del tamaño de una lenteja, curiosamente no había dolor, ni picor, resultaba algo muy curioso. Decidió que no iba a estropear la velada y siguió desatado por la euforia que le proporcionaba su extraordinario amigo, el alcohol. Volvió con el resto de los invitados. El ruido, la música, el whisky escocés y las risotadas lo acompañaron casi toda la noche. A las seis de la madrugada varios de los asistentes lo introdujeron en un taxi – ciento diez kilos son demasiados- y sus criados lo metieron, como otras tantas noches, en la cama. A las tres de la tarde abrió enérgicamente los ojos y se dirigió dando trompicones al baño, ya no necesitaba el espejo de aumento, comprobó que tenía un agujero en la cara del tamaño de una canica, podía introducirse la yema del dedo índice. Un grito espantoso se escuchó en toda la mansión. Con su propio dedo creyó palparse un diente, a través de la piel de su cara. Los criados se encontraban en el apartamento adosado y no se percataron del alboroto, arrojó al suelo todos los frascos y botes de lociones, geles y perfumes que había junto al lavabo. Bajó las escaleras precipitadamente, permaneció inmóvil unos segundos en la cocina y decidió calmar ese repentino ataque de ansiedad. No se atrevía a palparse de nuevo el boquete. Se preparó un té y trató de pensar mientras sorbía la infusión. Notó que un hilillo de líquido le brotaba de esa extraña hendidura. Se vistió con una suerte de pánico contenido, no quiso llamar al servicio pues sabía que aquello les serviría de mofa. Se puso una simple tirita, cualquiera podría pensar que se cortó afeitándose, y se presentó en la consulta del doctor Trollope. Su secretaria le informó que había ido a Londres a un congreso, pero que lo atendería una dermatóloga excelente. Cuando Mister Butler comprobó que, aparte de ser mujer, era española, huyó despavorido no sin antes solicitar el número de teléfono del doctor. Marcaba frenéticamente los dígitos pero comunicaba una y otra vez. Regresó extenuado a su villa y tragó sin masticar un fuerte calmante para los nervios que lo dejó medio atontado. Se armó de valor y se dirigió nuevamente al cuarto de baño. Levantó los ojos lentamente y vio que el agujero había crecido y la tirita sólo taponaba una parte, se la desprendió lentamente, giró el rostro, observó claramente a través de la piel su colmillo y su muela empastada, ya podía introducir dos de sus dedos. Cogió una moneda de dos euros y la encajó en los bordes de la carne, aquello no podía ser real. Volvió a tragar un par de valiums de diez miligramos y cayó profundamente dormido, como anestesiado. Cuando el señor de la casa duerme los lacayos caminan como si se deslizaran, sin producir el menor ruido. A las catorce horas despertó lentamente, se encontraba bajo los efectos de los sedantes, se puso en tensión al recordar lo que le sucedía, sonrió levemente, creyó por unos segundos que todo había sido un mal sueño, una terrible pesadilla de la que estaba despertando. Se dirigió con un sigilo, propio del camaleón, al baño. Esta dependencia para él se había convertido en una especie de sala de torturas, pues allí era donde se enfrentaba a su trágica realidad. Abrió la puerta a cámara lenta. Se colocó delante del espejo, a oscuras, encendió la luz, aún mantenía la cabeza agachada, la iba levantando con una lasitud que rayaba lo pétreo. A los pocos minutos la tenía en posición vertical, pero no se atrevía a abrir los ojos. Los abrió poco a poco y a través de sus párpados podía ir apreciando la mandíbula superior e inferior, con las encías al rojo vivo y sus dientes impecables de sus docenas de visitas al dentista, sus molares, sus premolares, los incisivos y caninos. Como si un batallón de termitas lo hubiese devorado. Permaneció inmóvil contemplando lo más dantesco que había visto en su vida. Tenía la sensación de que aquel ser monstruoso no era él, que se trataba de una escabrosa imagen proyectada en un televisor panorámico. Creía percibir cómo las hebras de carne que le colgaban de la nariz y de la parte inferior de la oreja se chamuscaban, no experimentaba dolor alguno, por ello la sensación de irrealidad era alarmante. Se armó de valor y muy lentamente quería palpar lo que ya estaba viendo con sus propios ojos. Acercó su mano a su desfigurado rostro, por un momento aseguraba que su visión le gastaba una broma pesada, sin embargo nunca había sufrido alucinaciones. Por fin sus dedos tocaban sus dientes medio ensangrentados, se arrancó el labio inferior que se sostenía por un fino jirón, un hilillo de baba descendía hasta su pecho velludo. Lo que comenzó con una insignificante excrescencia había derivado en una terrorífica gangrena, una lepra fatal o un tumor maligno. Regresaría al escenario – pensó- para interpretar sin máscara ni maquillaje “El fantasma de la ópera”, el humor inglés que no falte ni en los momentos más dramáticos. Regresó al lecho como el que ya ha asumido que ha sido sentenciado a muerte y nada ni nadie podría liberarlo. Las “termitas asesinas” seguían devorándole el rostro. Cogió el móvil y marcó el número del doctor Trollope, como si en el último segundo alguien o algo pudiera salvarle de la pena capital, con la mano izquierda agarró los tubos de crema que el dermatólogo le recetó y los estrujó con una fuerza descomunal, el mejunje se le derramaba entre sus dedos: - dotó Trolbo, tego que habá con ute, e uent, e muy uent, memueo…-balbució- Mr Butler no podía hablar con claridad pues notaba cómo las mandíbulas se le estaban desencajando, incluso en ese instante creyó percibir que se le había consumido también un trozo importante de la lengua. - No le entiendo, por favor hábleme en inglés o español, no comprendo lo que me dice – gritaba el doctor Trollope que se encontraba en medio de un atasco en Picaddilly Circus- Mister Butler se tumbó en la cama, ahora lloriqueaba comido también por la desesperación y repetía el mismo mensaje con la peor de las pronunciaciones, cada vez su fonética era más incomprensible e indescifrable: - ot e a qi on o le gia u e la f i o etu. Las consonantes ya le resultaba imposible pronunciarlas, emitía mucho mejor las vocales, cayó la noche, seguía aferrado al teléfono móvil hablando solo. El dermatólogo había colgado hacía más de dos horas, ya no pronunciaba absolutamente nada con claridad, tan sólo emitía gemidos.

 

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