Obras | Todos mis trabajos

Perros rabiosos

Todos conocéis muy bien mi sana afición por el séptimo arte en general y por el cine de terror y fantástico en particular. Lo que os voy a narrar tiene relación con esto último, pues desde que me sucedió aquello, desde que experimenté en mis propias carnes el amargo sabor del terror mi veneración por este género la he ido cuestionando y es mucho mejor alejarse del peligro y de todo aquello que nos puede provocar miedo, aunque hay personas que han desarrollado una sutil inclinación por lo macabro, por el escalofrío y por todo aquello que suscite un cierto olor a pánico, como me ocurrió semanas después de aquella aterradora experiencia, imposible de concebir racionalmente, me gustaría que me explicases, si acaso, de una manera aproximada qué es lo que me ocurrió verdaderamente, pues aún no he logrado comprenderlo. Todos en nuestra vida hemos experimentado situaciones y momentos extremos en los que la adrenalina sube y sube, y nuestra excitación llega a límites ciertamente insospechados, sólo el instinto de supervivencia nos puede ayudar a salvar nuestra propia vida. Desconocemos quizá nuestros límites e incluso podemos volver a adentrarnos nuevamente en los abismos delirantes que nos impone el miedo porque el propio miedo, como os he dicho, podemos llegar a saborearlo, incluso, como se paladea un buen vino. Trabajo en una empresa de “palés”, en realidad no importa demasiado en esta historia, estos son unas bases de madera cuadrada de un metro por un metro, configurada con unos siete o diez tablones separados por un espacio entre ellos de unos diez centímetros, lo digo para los que desconozcan este objeto, que sirven para transportar mercancías de un lugar a otro, nuestros principales clientes son los almacenes y fábricas principalmente. Lógicamente también podemos atender a clientes particulares y pequeñas empresas. La mía ya es una multinacional y en los tiempos que corren de tanta competencia los jefes y a su vez los directores nos presionan y nos aprietan las tuercas hasta hacernos chillar de dolor (psíquico). Supongo que todo aquel que esté relacionado con una empresa privada sabrá muy bien a qué me refiero. Nos machacamos verdaderamente formando una cadena, en la cúspide se encuentra el líder que él mismo por sí solo, por su propia ambición, se siente presionado. El gran negocio ha sido heredado por parte de padres y abuelos y son éstos los que miran fijamente a su descendiente para que su imperio siga creciendo. El progenitor fustiga y tiraniza a su mano derecha, que ostenta gran parte del poder, y éste va instigando a su vez a los delegados de cada país, cuya hostilidad va multiplicándose aritméticamente o quizá geométricamente hacia los jefes de zona y éstos igualmente vuelcan toda su ira contra los subjefes de comarca. Como veis es una cadena, como la cadena alimenticia, y resulta que quien se encuentra en el escalafón más bajo no tiene a nadie contra quien verter su rabia. Probablemente nadie haya pensado alguna vez que los trabajadores podrían rendir mucho más y mejor si existiera un poco de humanidad en el trato. Alguien, en un momento determinado, extendió la idea del trabajo como una jauría, como una jungla en la que prevalece la ley del depredador, vence el más fuerte, sobrevive el que tiene más agallas. Es por ello que mantenemos el prejuicio de considerar al trabajo como un castigo divino, todo el mundo se queja, nadie es feliz. Por ello buscamos una serie de placeres o aficiones que suavicen toda esta tensión que acumulamos durante toda la semana y tan sólo respiramos, un poco, el fin de semana, aunque cuando el domingo toca a su fin y percibimos que los últimos rayos de sol buscan su refugio tras las montañas y empiezan a levantarse las sombras de la noche, nuestra congoja va despertando de su breve letargo y una sinuosa angustia nos va estrujando la garganta, puesto que a primera hora del lunes el depredador se encuentra al otro lado del teléfono o se te planta en tu minúsculo despacho con cara de perro y es ahí donde se inicia la pesadilla de la semana, entonces aparecen tus propios mecanismos de autodefensa para poder sobrevivir al atroz descuartizamiento. Los más previsibles, beben a diario para poder contenerse, otros se evaden en sus ratos libres tocando algún instrumento o acudiendo a clases de kárate, no sabéis realmente a quién va dirigido toda esa amalgama de golpes y patadas que arremetes contra tu contrincante, o a veces contra un rival invisible. Otros se relajan en su jardín o sencillamente pasean o escuchan música; otros, los menos imaginativos, acuden a un psicólogo. En realidad, encontrar a un jefe amable con sus subordinados es tan difícil como hallar una pareja fiel. Por esta razón me separé, porque no podía soportar la idea de que mi mujer se hubiera liado con uno de mis amigos, recuerda que antes de que te den la patada dispón tú la tuya. Muchas veces nuestra película de terror es real y auténtica, y la vivimos en nuestra propia casa, en nuestro propio trabajo. Yo desarrollé unas técnicas de evasión tremendamente sanas: salir a correr unos cuantos kilómetros diarios puede suponer toda una jornada de relajación. Mi zona de trabajo y de residencia se encuentra en la Penibética, en un pueblo de interior, en el que los veranos son altamente calurosos y los inviernos nos azotan con toda su crudeza. Una tarde muy fría de invierno decidí enfundarme mi ropa deportiva y mis zapatillas especiales para correr por la nieve. No quería cambiar mi itinerario habitual por una simple nevada. Me embutí un gorro de lana, guantes, calcetines gruesos de lana, unos pantalones largos de algodón muy ajustados y encima el pantalón del chándal con forro. Rehusé ponerme el forro polar, pues aunque la temperatura rondaría los ocho grados bajo cero, se suponía que algo tendría que sudar. En fin, que parecía más bien que me disponía para ir a esquiar. Tardé demasiado tiempo en prepararme, me encontraba dentro de mi propia casa, con la calefacción a tope y mi perra, Nesca, una linda pastora alemana, me miraba con ojos vidriosos, inicié una tanda de estiramientos de unos veinte o treinta minutos, hacer deporte es muy sano como todos sabemos, y muy sacrificado si uno pretende ser regular. Al salir a la calle un golpe seco de frío me azotó el rostro y decidí subir nuevamente y ponerme un pasamontañas y dejar el gorro, pues más adelante me adentraría en el cauce seco del río y allí el viento polar aúlla como un lobo fiero. En la orilla permanecía la nieve amontonada, comenzaba a caer una dulce y lenta nevada. Las cuatro de la tarde y ya la noche comenzaba a coquetear pues el cielo se encontraba absolutamente cubierto y el frío afilado parecía que te iba a cortar con su helada guadaña. Al principio me costaba dar los primeros pasos, del trote pasé al galope para que los músculos calentaran rápido y el cuerpo entrara poco a poco en calor. La sensación de bienestar y de paz que te puede transmitir un paisaje desolado, cubierto de nieve, repleto de árboles blancos y de zarzales y bosques de pinos, absolutamente deshabitados, es tan pura que olvidas todo el pesar que puedas transportar en tu corazón. A varios kilómetros hacia el norte, la región aparece mucho más boscosa y umbrosa e investigar sus cientos de recovecos y paisajes cubiertos de nieve puede resultar incluso místico. Decidí inspeccionar un área desconocida, los pies empezaban a hundirse en la nieve, era aquél un túnel de ramas, zarzales y encinas que parecían arrastrarse aquejadas por el intenso frío. Atrás había dejado el bosque de chopos que acompañaba la ribera del Río Seco. Hubo un momento en que las ramas me raspaban la cabeza y tenía que correr ligeramente inclinado. Parecía que la noche ya se había tragado completamente el desolado lugar. Alcé la vista de repente y frené en seco mi pausada marcha, un perro sarnoso y con la boca abierta me mostraba sus dientes afilados y babeantes, su rugir era suave y profundo al mismo tiempo, me quedé bloqueado, miré a los ojos del perro rabioso, pensé que si lo desafiaba podría retroceder, giré la cabeza a cada lado para ver si hubiera algún palo o rama suelta con la que poder defenderme en caso de un ataque, el perro se aproximaba muy lentamente y su rugir se aceleraba al ritmo de mi corazón, cuyo latir me golpeaba el pecho como un mazo de hierro. Aprecié o creí apreciar un cuerpo humano absolutamente descuartizado y devorado por las alimañas, la nieve lo cubría parcialmente por lo que no haría mucho tiempo que lo habrían matado. Instintivamente retrocedí, debía echar a correr seguramente dando marcha atrás, sin perder de vista al fiero animal, hay que mirarlos fijamente, sus aterradores ojos parecían brillar en la incipiente oscuridad. Nunca el terror había adquirido forma de una manera tan corpórea en mi dilatada vida. Todas las películas de miedo que había contemplado y disfrutado se habían materializado en un perro rabioso enorme que se disponía a devorarme. Eso ya no era ficción sino realidad pura y dura. Otros rugidos percibí a mis espaldas y pude ver cuatro perros más que se disponían a rodearme, no tenía escapatoria, no podía defenderme, si echaba a correr me atraparían con demasiada facilidad, esos purulentos canes parecían los acólitos del grandote, se asemejaban a un grupo de hienas repugnantes, los huesos se les marcaban poderosamente en sus lomos, todos, sin excepción babeaban, seguramente no se habrían sentido satisfechos con el cuerpo devorado que, en esos momentos, podía ver a la perfección. Mi respiración era muy acelerada y mi ritmo cardíaco se había disparado a ciento setenta pulsaciones por minuto, por lo menos. Con un poco de suerte podría morir de un infarto y no enfrentarme a los mordiscos despiadados de todos esos perros rabiosos. Se me nublaba la vista, quizá me podría desmayar del fuerte impacto que estaba recibiendo todo mi cuerpo y mi mente, pero el horror sería extremo si me despertaran mis propios alaridos de dolor, con suerte un bocado en la yugular me podría beneficiar y en cuestión de unos minutos o tal vez segundos podría fenecer sin excesivo padecimiento. El instinto de supervivencia me hizo reaccionar y pude moverme levemente de la parálisis que el miedo más atroz me había impuesto, comencé a gritar y a hacer aspavientos con lo cual los perro sarnosos se movían y se agitaban con cierto nerviosismo, comencé a girar y a gritar como un poseso al tiempo que los perros me rodeaban sin que ninguno de ellos se apresurara a dar el primer mordisco. Era una danza macabra de alaridos, rugidos, latidos, babas, sangre, terror y muerte. El límite del miedo lo estaba experimentando en esos angustiosos momentos, sabía que si traspasaba ese límite moriría, simplemente de miedo. Que me devoraran esas alimañas feroces y despiadadas poco me iba a importar. El orificio rectangular del pasamontañas, que me permitía ver el espectáculo macabro, lo relacionaba con la pantalla de un cine en la que tantas y tantas veces había contemplado intensas películas de terror, en esos delirantes instantes asistía a mi película real de horror. El frío se hacía cada vez más intenso, a uno de ellos, el más furioso, le lancé el pasamontañas como la única arma de que podía disponer, hizo un amago para esquivarlo, eso lo enfureció aún más. La recia lana servía, de alguna manera, para amortiguar el estridente ladrido de los perros rabiosos, al desprenderme del pasamontañas todo era un bacanal de ladridos y rugidos ensordecedores teñido del más imponente pavor. El sudor que me empapaba la cara se enfriaba casi al borde de la congelación. Cuando me iba a encomendar a Dios, resonaron en el aire gélido dos benditos disparos que frenó el ataque mortal de los perros rabiosos y los hizo retroceder y huir. Dos benditos disparos que no sé dónde procedían, dos disparos que hubieran servido para matar y a mí me dieron la vida. Cuando pude reaccionar, pues estuve unos instantes paralizado, inicié una alocada carrera, tan rápida y veloz que pensé que no podrían atraparme si hubieran regresado para iniciar, sin demora, su brutal carnicería. Sin apenas darme cuenta me encontraba ante la fachada de mi casa. Me había salvado. Durante la galopante carrera de regreso a la salvación recordé que en esa inhóspita zona de la Penibética muchos dueños de haciendas, de cortijos y de cuevas abandonan a su suerte a sus perros guardianes o los azotan a diario para que no vuelvan, estos sobreviven como pueden cazando conejos, liebres o ratas, pero en invierno la carne no abunda especialmente, y también pueden alimentarse de carne humana, incluso cuando uno de esos perros muere de hambre sirve de alimento igualmente para sus congéneres. Al abrir la puerta de casa me sentí tan aliviado como si hubiera entrado en el paraíso, a lo lejos observé como Nesca, mi perra, se disponía, igual que siempre, a saludarme, se encontraba al otro extremo del pasillo, iniciaba su habitual correteo para lamerme pero el horror todavía discurría por mis venas y me encerré en el cuarto que había junto a la puerta de entrada, ella ladraba pensando que yo quería jugar, pero a veces el pánico roza lo absurdo, me encontraba tan asustado como antes. Pasados unos minutos la razón se impuso y pude salir y acariciarla. No todos los perros son rabiosos y asesinos. Transcurrieron varias semanas, la rutina del trabajo se había apoderado nuevamente de mi semblante. Había dejado de correr por esa zona e ideé un circuito urbano, bullicioso pero seguro. En la soledad del hogar revivía aquellos momentos de absoluto espanto y comenzaba a notar un extraño cosquilleo. Echaba de menos, seguramente, esa bomba de adrenalina que sacudió todo mi cuerpo y lo lanzaba a experimentar sensaciones de extremo peligro y riesgo. Recordé que hay personas que se habitúan al peligro porque han llegado a transformarlo en sacudidas de placer, practican deportes de alto riesgo y cada cierto tiempo necesitan esa dosis de albur y contingencia en la que el azar puede aliarse con la fatalidad muy previsiblemente, son adictos al riesgo intenso, sobre todo si pueden apreciar el rostro de la muerte. Esa experiencia no existe en la vida cotidiana y vulgar. Ahora entenderéis un poco el porqué de mi regreso al lugar donde habita el terror. Parecía que no volvería a nevar, durante unas semanas las temperaturas se habían suavizado, pero el frío seguía bramando por esos desérticos páramos. Comencé a realizar una lenta sesión de estiramientos, me coloqué un chándal térmico, unas botas de fondo, un gorro de lana y unos guantes de piel. A mis espaldas cargué una pequeña mochila, en su interior introduje un revólver con seis balas, pero si fallaba alguna o necesitaba un arma más conseguí dos afilados machetes. Mis antebrazos los envolví con una gruesa tela, si un perro se abalanzaba sobre mí lo frenaría con el brazo, mientras éste lo mordía yo podría asestarle una puñalada en el cuello y el fiero animal moriría al instante. Durante este tiempo había acudido dos veces por semana a un gimnasio donde había recibido una preparación especial y particular. Ahora podría enfrentarme de una manera mucho más racional, en incluso vencer, a mis atacantes. Corría lentamente por el centro del cauce del Río Seco. Llevaba un trote seguro y enérgico, sabía que, pasados unos cuarenta o cincuenta minutos, me encontraría en el lugar exacto donde podría haber sido devorado por una jauría de perros rabiosos. Escuchaba el traqueteo de la pistola chocar con el metal de los dos puñales dentro de la mochila y eso me tranquilizaba. Conforme me acercaba al macabro lugar la sensación de horror iba en aumento, y también mi placer. La zona se hacía mucho más siniestra y umbrosa. Paré y miré alrededor, no escuchaba absolutamente nada. Me adentraba, al fin, en el oscuro lugar, ese lugar había ocupado mis pesadillas nocturnas. En la mano derecha sostenía el revólver, en la izquierda el afilado machete, el otro puñal lo sostenía entre mis apretados dientes. No había ni rastro de los perros. El cadáver había desaparecido como la nieve que lo cubría. Caminé todo lo que pude hacia la región más boscosa y de más estrangulada vegetación, en busca del peligro, y quizá, en busca de la muerte. Los que han experimentado esta sensación sabrán de qué estoy hablando. Estaba saboreando el terror, pero no me encontraba plácidamente sentado en una butaca de cine, ahora quería mucho más. Buscaba algo real. Comencé a gritar y a chillar para que acudieran de una vez por todas, encontré una lata sucia y oxidada y me dediqué a aporrearla con una piedra, tarde o temprano tendrían que aparecer esos perros rabiosos, y les daría su merecido. Ascendí a un altozano y desde allí contemplé la extraña hermosura de la hoya, franqueada de oteros arabescos y huesudos cerros agujerados por cientos de cuevas en las que, sin duda, se refugiarían los perros demoníacos. La noche caía pero yo no quería regresar con las manos vacías, necesitaba atrapar mi recompensa. Encendí un fuego con algunas ramas y hojas secas, me senté y apoyé la espalda junto a un colosal roble. Un delicado sopor producido por el cálido fuego se iba adueñando de mí. Tuve unos fugaces momentos de ensoñación hasta que me quedé profundamente dormido. Habrían transcurrido un par de horas cuando un ruido muy extraño me despertó, algo parecido a un rugido. Miré el reloj, habían pasado casi tres horas. El fuego había menguado, al otro lado, frente a mí, había un auténtico batallón de perros rabiosos, no tenía tiempo de contarlos evidentemente pero mis ojos inquietos y horrorizados podrían contabilizar unos treinta o cuarenta, no tenía ni la menor idea de dónde diablos habrían salido. Ahí estaban, analizándome, mostrándome sus afilados colmillos cubiertos de espumarajos y ávidos de sangre. El fuego parecía detenerles. Todos ellos me contemplaban, diría yo, con absoluto deleite, se preparaban para el festín. Agarré la pistola con fuerza y el puñal con la otra mano. Yo iba a morir pero alguno de ellos también. Parecían estatuas esculpidas por el horror. Ninguno de ellos se movía, tan sólo un leve rugido y alguna baba descendía pausadamente de sus fauces. Mi frente y mi cuerpo entero comenzaban a sudar con fuerza. Goterones de sudor caían sobre mis párpados y me nublaban la vista, me frotaba los ojos con el puño, el afilado metal reflejaba la luz de la hoguera y se proyectaba sobre el líder, el gran perrazo. Intuí que si disparaba sobre él y le acertaba justo en la cabeza probablemente los otros huirían, o no, o quizá presos de una inusitada rabia me destrozarían en cuestión de segundos. En esos momentos algo extrañísimo sucedió, fue algo que nunca podré llegar a entender y que jamás me atreví a contar por lo irreal. El gran perro rabioso fue adquiriendo forma humana, se transformaba lentamente en mujer y adquiría la cara de mi ex esposa, los que se encontraban junto a ella adoptaban formas humanas muy conocidas, uno era mi jefe de zona, el otro el delegado territorial, uno se convirtió en un vecino que antaño me denunció sin motivo alguno, pude apreciar el rostro rabioso de mi suegra cuando decidí separarme de su hija o el de su amante, el que en otro tiempo fue mi amigo. Otro de ellos era un conductor ebrio al que me enfrenté hacía unos cuantos años. También un perro adoptó la forma de mi cuñado. Había varias perras que se convirtieron en las que son íntimas amigas de mi ex esposa. Todos los perros rabiosos adquirieron forma humana, todos representaban a todas aquellas personas que a lo largo de mi vida habían tratado de hacerme daño o de liquidarme. Creí recordar al fondo a aquel estricto maestro de la infancia que me castigaba a diario y me pegaba, a un primo que me odiaba sencillamente porque conseguí el puesto de trabajo que él tanto anhelaba. Una novia rencorosa que abandoné sencillamente porque me dejó de gustar. Un compañero celoso por mi ascenso. Un guardia de seguridad que una vez me confundió con un ratero. Un antiguo amigo de juventud al que le arrebaté la chica que a él le gustaba, y otras personas-perro que no acertaba a identificar. Sin embargo la más grande y enérgica era ella, mi ex mujer, la que más abría la boca para mostrarme sus fauces repletas de colmillos ensangrentados por el odio. Han transcurrido cuatro años desde aquella siniestra y extraña experiencia que explicar no puedo, lo mismo que aparecieron aquellos perros coléricos desaparecieron por arte de magia. Aquel suceso cambió radicalmente mi vida. Dejé mi trabajo y fundé un refugio para perros abandonados, lo he convertido en una perrera. En ella recojo perros abandonados por sus amos y les doy todo el cariño y afecto que puedo, o me ofrezco para que los dueños que salen de vacaciones una temporada me traigan a sus mascotas por un precio muy asequible, aunque el dinero real me viene de una muy buena subvención estatal. Y allí vivo alejado del mundanal ruido, cuidando de Nesca y acogiendo a todas esas criaturas que nadie quiere. Cuando abandonas a alguien a su suerte, incluso a un sabueso, una semilla de odio acabas de sembrar. Como si quisiera redimir el daño que he cometido en algún momento de mi vida, con o sin intención, me abandono yo mismo a mi suerte y en mi propio abandono me refugio, refugio que sirve para recoger seres abandonados, sólo así en el recogimiento y en la entrega quizá podamos vencer a todos esos perros rabiosos que, casi a diario, van ensartando nuestras vidas.

 

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