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Un matrimonio corriente

Parte I: la vida de Pepe y Carmen

“Cariño, he de contarte algo, es muy serio, pero por favor no te alteres, llevo meditándolo mucho tiempo y no he encontrado el momento oportuno. Yo siempre te he amado, de eso nunca tengas duda alguna pero ya no te siento como antes, quiero decir que mis sentimientos han cambiado, que no me sobrecojo cuando me tocas, es más, huyo del momento en que vamos a hacer el amor, ya lo habrás notado, pongo montones de excusas: el cansancio, las preocupaciones, la enfermedad de mi padre…pero no se trata de eso, sino que ya no te amo, es duro decirlo y quiero que valores el esfuerzo que estoy haciendo para decirte todo esto cara a cara. Ya no me atraes como antes, no te deseo, así de simple, pero te quiero, eso lo tengo mucho más claro, pero no puedo seguir engañándote más, ni engañándome a mí mismo. Miro a otras mujeres y me recreo en sus cuerpos, todas me parecen lujuriosas y apetecibles y alguna que otra vez he tenido algún desliz, incluso me he acostado con amigas tuyas que se me han insinuado pero te puedo asegurar que sólo ha sido un momento fugaz. Por favor no me pidas que entre en detalles. Esto te lo cuento para que tomes conciencia de que lo nuestro ya hace aguas y que es inútil seguir con nuestro matrimonio, y no pongamos a los dos niños como pretexto para continuar con esta relación, ellos deben quedar al margen, y lo que nunca podremos cambiar es que nosotros somos sus padres, sí te pido que no me seas demasiado abusona con la pensión, mi sueldo no llega a los dos mil euros y tendría que pagarme un alquiler, debemos tratar el tema de la casa y el coche, pero eso lo hacemos más adelante, de forma pacífica y civilizada. Llevo muchas, pero que muchas noches de insomnio y esto para mí ya es un sin-vivir y ha llegado el mo…”

-“Pepe, cielo, el desayuno, que se te enfría el café, yo no sé qué farfullas hablando solo, cada vez estás peor de la cabeza”

Pepe mantenía un vivaz monólogo ante el espejo, él era su propio interlocutor, días y noches ensayaba el mismo discursito hasta que Carmen, su mujer, lo interrumpía con algún aviso, o la llorera de alguno de los críos, o el dichoso teléfono que hay días que no suena y otros no para. Bajó las escaleras despacio y un tanto cabizbajo. Soportó el correspondiente y consabido chaparrón por su tardanza, mientras ella peleaba con los niños para que se tomaran rápido el desayuno. Ella solía gritar a menudo, “es mi tono de voz”, se justificaba continuamente y gritaba y gritaba. Gritaba hablando con su madre, con sus hermanos, con sus hijos y con su marido, llegó el momento en que Pepe, en numerosas ocasiones, se adaptaba al timbre y al tono impuesto tan despóticamente y terminaba vociferando y bramando. Aquella casa se convertía a veces en una verdadera jauría. Todos chillando, dando gritos y los chiquillos berreando y llorando, y la música de los Rolling Stones a toda pastilla en el equipo de música: lo verdaderamente increíble era que nadie enloqueciera por el ruido ensordecedor que imperaba en aquella casa de locos. Los niños, Jessica y Jonathan, mantenían la compostura cuando la tormenta de gritos había pasado. Tormenta y calma se combinaban armónicamente las dieciséis horas de vigilia. A ver quién era el guapo que los invitaba a pasar una semanita en verano, llegaron a perder a su mejor amigo porque éste, en cierta ocasión, se opuso a recibirlos una temporada en agosto, que ya había cubierto el “cupo”- les dijo- de cobijo durante casi una década. Ellos, indignadísimos, cortaron esa amistad de cuajo. En medio de tanta turbulencia y tantos decibelios se encontraba Pepe. Seguramente el bullicio que reinaba hora tras hora a su alrededor le sirviera para disipar esa permanente congoja que le tenía el corazón aplastado por el permanente desamor. Sin embargo, lo más penoso de esta historia es que llegó a casarse sin amor. Afecto, cariño y mucha pasión y ardor, quizá eso podría aproximarse a la idea que él tuviera de amor ya que no podía comparar emociones y sensaciones pues Carmen fue “su primer y único amor” y esto no sólo se refiere a amor espiritual sino también carnal. Suele darse este tipo de espécimen en los pueblos del interior de Andalucía, en la más rural y agraria. Carmen nació en el norte de España y durante las vacaciones bajaba al sur, al pueblo de los padres, por aquel tiempo conoció a Pepe. Fue un contacto demasiado tópico como para entrar en minucias. Sábado-noche, discoteca, una copita y “para” de contar. Fue ella la que le “entró” a Pepe, ya que éste era tan tímido con las mujeres que se aproximaba, incluso, a lo enfermizo. Conforme se acercaba el día de la boda, Pepe se iba cubriendo de dudas y de paranoias. Sin embargo de acuerdo con su carácter pusilánime y taciturno no puso ningún inconveniente, sólo deseaba que el bodorrio pasara lo antes posible, era algo que no “casaba” bien con su carácter. Concluyó- en los albores de su matrimonio- con que su mujer se portara en la cama como una buena hembra y que cumpliera a diario, con eso y poco más podría ser muy feliz. No obstante él apreciaba considerablemente mantener un buen nivel de vida, como lo tenía en su pueblo, las tierras y los olivos le permitían ciertos lujos. Por ello no se encontraba satisfecho con el hecho de que Carmen no trabajara, ella opositaba eternamente y realizaba mil y un cursillos pero lo que conseguía era entre ocho y diez horas diarias de trabajo y poco más de seiscientos euros al mes, por lo que en algo más de ocho años había desempeñado muchos empleos que rechazaba al cabo de unos meses o semanas. Pepe nunca protestaba, sin embargo una mueca de desaliento y fastidio esbozaba cada vez que ella entraba por la puerta exclamando, a gritos, que ese trabajo era un asco y sus jefes unos explotadores. En su momento, los olivares fueron vendidos y lo que le quedó tan sólo le cubrió el pago íntegro de la hipoteca, con lo cual podrían disfrutar de su sueldo completamente, que para cuatro personas no estaba mal en un pueblo, sin embargo tenían que prescindir de muchos lujos. Pepe la besó en la mejilla y le entregó un estuche sin envolver. “Es nuestro aniversario, ¿lo recuerdas?” Carmen lo abrió con una radiante sonrisa que se le ensombreció al ver el “Viceroy”. “El que a ti te gustaba era mucho más caro, ya pregunté, éste es muy parecido.-Repuso su marido-” Ella se lo colocó en la muñeca e hizo un gesto de conformidad, después agregó que el suyo se lo entregaría durante la cena. El supuesto enojo de ella venía dado por el hecho de que él se compraba todo lo caro y a ella le dejaba lo barato, pero sabía perfectamente que no podía protestar lo más mínimo ya que no trabajaba y no aportaba nada a la apurada economía de la casa.

Nuevamente olvidó todo lo que había ensayado ante el espejo y pensó: “mañana... de mañana no pasa”. En su mente paladeaba ese mañana que nuca llegaba y que lo consumía día tras día, año tras año. Durante la cena Pepe recibió unos preciosos gemelos para la chaqueta. Él se lo agradeció con un beso en la mejilla...”Pero si ella sabe que casi nunca me pongo chaqueta...ni tan siquiera el traje marrón que a ella tanto le gusta” – masculló en sus pensamientos- La visita que el marido deprimido realizó al psiquiatra transcurrió más o menos de esta guisa:
Primero habló el doctor:
-“A ver, dígame cuál es el motivo de su visita, explíquese sin ningún tabú, libremente, diga todo lo que se le ocurra, procure no ocultarme nada y así no me veré obligado a indagar, ni a elucubrar, acabaremos antes y el diagnóstico será mucho más claro. Venga, adelante…”
A continuación Pepe se explicó, al principio tartamudeaba un poco y se le veía acongojado pero paulatinamente su discurso se iba haciendo más preciso y contundente, al final no pudo contenerse:
-“Bueno, no sé por donde empezar… pues llevo muchas noches durmiendo muy mal, a veces he visto amanecer, decidí automedicarme con somníferos pero apenas daba resultado y hube de subir la dosis. Mi vida ha sido un verdadero desastre. Me casé con treinta y dos años con la única mujer que he tocado en mi vida, nunca he estado con ninguna otra, ni siquiera en los quince años de casados, ni en los cinco años que estuvimos de novios, y no es por falta de ganas, pues miro a las mujeres con mucho deseo, no me importa la edad, me gusta que tengan los pechos desarrollados y un buen culo, me da igual que sean guapas o feas, viejas o jovencitas, pero que no sean demasiado gordas, un buen tipito me vuelve loco, lo que más me llama la atención es unos senos grandes y enormes, voluminosos, pero eso siempre lo veo en señoras gordas, nunca una delgada posee tetas grandes, pero bueno, eso es un deseo oculto. ¿Usted no ha visto por la calle la cantidad de tías buenas que hay? Cuándo llega el verano me pongo malísimo, con esos escotes, algunas van enseñando el tanga por el vaquero, ajustadito y prieto. Con mi mujer apenas tengo sexo, después de tantos años, al principio yo me encontraba dispuesto a todas horas, pero ella se fue convirtiendo en una inapetente y eso me lo contagió. Lo hacemos una vez al mes, es como si quisiéramos justificarnos, me entiende, somos un matrimonio y por lo tanto tenemos que hacer el amor. A veces me corro, perdón, quiero decir llego al orgasmo y apenas siento placer, y creo que ella los finge, porque claro, nosotros, ya me dirá usted cómo lo fingimos. Y luego es un poco trolera, una vez la escuché hablando con la vecina de al lado, con la que tiene mucha confianza, que nosotros lo hacemos todos los días- le comentaba-Después comprendí lo que sucedió una noche: Recuerdo que yo me encontraba leyendo “El médico” de Noah Gordon – soy del Círculo de lectores y éste estaba de oferta- cuando ella entreabrió la ventana y me hizo un gesto con el dedo para que no hablara, entonces comenzó a gemir como una gata en celo, estuvo gimoteando como diez minutos e iba subiendo el volumen, hube de advertirle que despertaría a los niños, y todo para que la vecina creyera que nos lo estábamos pasando bomba en la cama. A la mañana siguiente coincidí con la susodicha vecina en el ascensor y las insinuaciones eran constantes, me miraba de arriba a abajo y se lamía continuamente los labios. Bajamos los cinco pisos y yo me sentí muy excitado pero a la vez avergonzadísimo. Me lo puso en bandeja, pero no hice nada con ella, ni me insinué, ni nada de nada. Durante muchas noches he reproducido en mi mente lo del ascensor, cuando “tocaba” hacerlo con mi mujer recordaba esa situación. Soy un cobarde, lo estoy deseando pero no me atrevo. Los amigos en el bar presumen de sus conquistas y yo callado. Ellos me dicen que los calladitos son los peores y se echan a reír. No me atrevo a hacerlo con ninguna mujer porque antes me separaría. Quiero ser fiel hasta el último día. En realidad, ese es el motivo de mi visita. Llevo muchísimos años intentando separarme, romper con mi matrimonio, invento mil discursos, hablo durante horas ante el espejo, ideo cientos de maneras para decírselo, con mentiras y verdades fundidas, para que sea rápido y efectivo. Pienso decirle que me he acostado con cientos de tías para que ella me odie y se separe rápidamente pero, claro, después lo pienso y veo que sería algo estúpido pues seguro que se vengaría y me destriparía. Las mujeres sacan unas buenas “tajadas” en los divorcios, tengo amigos que no pueden ni tomarse una cerveza… los pobres. Pero tampoco quiero que sufra, han sido muchos años y a su edad y con dos niños no sé cómo puede rehacer su vida, yo en cambio estoy más delgado que ella, y ya sabe, los hombres llegamos hasta los sesenta con mucho gancho. A veces la miro y me avergüenzo de mí mismo, de no hablarle claro, por las noches cierra los ojos y me infunde mucha pena ya que es una buena esposa y una buena madre pero es como si tuviera un gato al que le tienes mucho cariño. Hay días y días. Unas veces creo que la quiero y otras deseo perderla de vista para siempre…es que no siento nada, todo esto es una farsa doctor, no duermo, ni como, necesito que me dé algunos consejos y una medicación o lo que sea porque todo esto es un sin vivir. ¿Cómo se lo planteo?”

Pepe rompió a llorar desconsoladamente. Le recetó unos antidepresivos y unos ansiolíticos y le recomendó que no hiciera más pruebas, ni monólogos, sino que en cuanto llegara a su casa sin mediar palabra se lo soltara, de la forma más natural y espontánea que encontrara, sin premeditar nada, pues eso evitaría cualquier tipo de estrés postraumático. Al salir de la consulta se acercó a la farmacia para adquirir los medicamentos y a continuación al Carrefour para comparle un precioso ramo de flores a Carmen, las flores eran de plástico, pero de las caras.

Pepe era de esas personas que persiguen las ofertas por doquier, a veces ni se plantea si el objeto en cuestión lo usará, sus cuentas son muy simples: tanto costaba, tanto me ahorro con el precio final. Cuando consideró la necesidad de adquirir un coche se paseó por todos los concesionarios preguntando qué autos se encontraban en promoción o rebajados. No especulaba acerca de la marca, ni el modelo. Finalmente, en un pueblecito cerca de Jaén se hizo con un Fiat Tipo de un color verde horroroso y agujereado absolutamente por una tormenta de granizo, aquello le supuso un ahorro de quinientas mil pesetas con respecto al precio original. En otra ocasión se compró un abrigo largo azul marino, muy confortable y calentito, pero en la Costa Tropical poco uso le daría, no obstante se ahorró casi trece mil pesetas, con lo cual aquello es una buena compra. Alguien le llegó a decir en cierta ocasión que a su mujer la cogió de oferta en una discoteca. Después presumía y se regocijaba ante su mejor amigo, Antonio, acerca de su excepcional talante para comprar y por supuesto todo lo suyo era de primerísima calidad. Éste amigo, Antonio, era un solterón con carné y todo. A su pisito acudían religiosamente los veranos para poder ahorrarse unas vacaciones, se trasladaban de la Costa Tropical a la Costa del Sol. Permutaban un piso por otro, y una playa por otra muy parecida, pero el ahorro resultaría significativo en todos los aspectos. Hasta que un buen día su leal amigo, Antonio, harto de recibir visitas durante un caluroso verano procedentes de toda España, les dio largas y casi les suplicó que lo dejaran esta vez tranquilo, que se encontraba muy cansado y hastiado de tantos veraneantes, que necesitaba unos días de libertad y tranquilidad para sí mismo. La familia de Pepe y Carmen respondieron como si hubiesen recibido la ofensa más grande del mundo y rompieron para siempre con aquella amistad tan desinteresada.

Le entregó el precioso ramo de flores y la besó en la mejilla, “esto es el beso de judas” – pensó-. Esa noche la pasó como un barco que zozobra durante una tormenta y va a la deriva. Se despertó bruscamente, su rostro sudoroso y su estómago necesitaba un vaso de agua fresca para calmar esa especie de delirio nocturno plagado de pesadillas. Acudió de nuevo a ensayar, eran las cuatro de la mañana. Entró en el dormitorio de Jessica y cogió uno de sus espejitos de la Barbie y comenzó una nueva disertación. Se trabucaba siempre al decir “te quiero”, esa palabra no debía pronunciarla, pues pretendía otorgarle un cierto tono solemne que, al resultarle poco convincente, le taponaba el torrente de ideas y de frases que esperaban su turno. Pepe apenas podía apreciar lo ridículo que estaba hablándole a un espejito de tocador de color rosa. Jessica abrió los ojos y contempló a su padre sentado a los pies de su camita ensayando su discurso, los niños pequeños suelen ser muy egoístas y todo lo suyo es intocable y les pertenece hasta el final de los tiempos, y, por supuesto, no se comparte. Se incorporó y le arrebató el espejito de la Barbie a su papá. Tan sólo repetía el pronombre posesivo “mío”, medio adormilada. Pepe permaneció inmóvil y rompió en un silencioso llanto. En la habitación se deslizaba una tenue penumbra, cálida y serena, procedente de las farolas encorvadas de la calle. Carmen roncaba en el dormitorio de al lado. Sollozos y ronquidos se fundían en un desafinado abrazo.

En su mente vislumbró el momento, la situación y todas las palabras, ordenadas y reagrupadas en orden ascendente según su espinoso contenido, en que se enfrentaría cara a cara a su esposa Carmen. Se encogió como un ovillo de lana y se adentró nuevamente en el sueño, a los pies de la camita de su hija. Recordó al doctor cómo le explicaba que lo primero que debe hacer es dejar de torturarse y permitir que todo fluya de una manera natural. Sin saber cómo, ni cuándo, un día cualquiera-pensaba Pepe- brotarán de su boca esas palabras que durante tantos y tantos años están esperando que su lengua las pronuncie y les dé vida. Pero ese día se resistía y Pepe se quemaba a diario, son demasiados años perdidos en el barro del desencanto. En su interior sabía, intuía, que el momento se acercaba lentamente, como una serpiente sigilosa que se acerca a su presa.

Pepe se encontraba en la puerta de entrada de un “puticlú” de carretera; llevaba deseándolo mucho tiempo, y ahora le faltaba el valor para llamar al timbre y entrar. Su respiración se aceleraba, sabía que no podía emplear demasiado tiempo en decidirse pues existía la posibilidad de que alguien lo reconociera desde la carretera, que se encontraba a unos sesenta metros, si un conductor pasara con el auto a una moderada velocidad podría reconocerlo, tuvo el cuidado de aparcar el suyo detrás de esa casa de citas, por otra parte bastante inmoral por la foto semidesnuda de una guapa señorita pintada a modo de mural. Justo delante de la pícara fachada no había ni un auto, pero detrás, en un rellano, se apretujaban coches, motos y camiones. Pepe saltó un pequeño montículo, por ocultarlo aún más, y el Fiat se deslizó por una vaguada ligeramente empinada… “¡Dios mío, cómo haré para subirlo¡”- pensó con sudoración- Tocó el timbre temblorosamente. Al entrar, tras unos diez segundos de ceguera total empezó a vislumbrar sillas, mesas, la inmensa y alargada barra, lucecitas muy tenues, chicas que se paseaban semidesnudas, y parejas conversando. Sonaba una música erótica, muy sugerente, una especie de canción susurrada acompañada de unos gemidos obscenísimos. Pepe temblaba con cierto frenesí. Una señora cuarentona de muy buen ver se le acercó con una sonrisa amplia y luminosa, muy poco fingida, o quizá muy conseguida. El pecho realmente era descomunal, e iba encorsetada de gasas y tules negros transparentes y medias negras también con ligueros y encajes, collares de perlas baratas se perdían en ese profundo canalillo, canalón sería mucho más correcto. A Pepe la voz se le entrecortaba y el volumen resultaba bajito y confuso. Esa mujer, tan acostumbrada a ese tipo tan apazguatado, lo agarró suavemente del brazo y lo condujo hasta una mesita muy baja con una lámpara en el centro que desprendía una luz roja un poco macabra. Pepe se dejó llevar, al rato le pusieron un whisky, él no había pedido nada. Una señorita rubita, de aspecto eslavo, se sentó junto a él, curiosamente Pepe prefería a la Madame de grandiosos senos, seguramente, cuando era mucho más joven, la proyección de Amarcord lo marcó considerablemente, en ese momento se sentía demasiado exuberante, se extrañó de que no hubiera ningún cartel de alguna chica que estuviera en oferta, se dispuso a preguntarlo, con cierta inquietud se dirigió a la Madame que lo observaba, entre confusa y admirada. Cuando el aturdido Pepe formuló su cuestión las risotadas de la aparentemente jefa se escucharon en todo el recinto. Pepe la miró de hito en hito con irascibilidad, a lo que ella le comunicó que se fuera inmediatamente y que no volviera más. Una vez fuera, para recuperar su auto, hubo de llamar al coche grúa para que lo remolcaran, comprobó que era a todas luces imposible que ascendiera ni un metro. Tanta discreción y ocultamiento quiso emplear que curiosos y clientes asiduos iban acercándose para husmear y mirar con aburrimiento algo nuevo como era remolcar un coche junto al puticlú. Pepe se ocultó tras un árbol mientras los rudos empleados desempeñaban su ardua labor entre risitas y bromas. Cuando hubo de pagar la factura no tenía dinero suficiente y los empleados decidieron retirar el auto y ubicarlo en el almacén municipal de retirada de vehículos. El atribulado y lánguido Pepe regresó hasta su casa después de recorrer por el terroso arcén de una carretera comarcal trece kilómetros y medio. “Todo me sale mal” – iba pensando malhumorado- Durante todo el trayecto maquinó el cuento que le relataría a Carmen, debía de atar todos los cabos, incluyendo la posibilidad de que alguien lo hubiera reconocido mientras se encontraba en los aledaños de la casa de citas. Si eso sucediera, el hipotético chismorreo se convertiría en el primer ladrillo que construyera su separación, tan cercana y tan lejana al mismo tiempo.

Ascendía en el ascensor con la más absoluta indefensión, pensando una por una todas las frases que moldearan una historia fiable y consistente. Abrió la puerta con parsimonia y entró con demasiado sigilo. Se encontró con un silencio inusual, evidentemente la casa estaba vacía. Aprovechó para ducharse tranquilamente y para ensayar de nuevo ante el espejo su nueva coartada y repasar su renuncia definitiva al matrimonio. A las dos horas Carmen entró con los niños que berreaban y lloraban sin parar.

-Carmen mírame a los ojos – le habló Pepe enérgicamente- he de decirte algo muy importante, así que no me interrumpas…. - Déjame ahora tranquila que vengo hartita de tanta gente en el “super” y los dos niños peleándose y llorando, no veas la tarde que me han dado, y la gente protestando, y con razón, no sé lo que voy a hacer con estos dos tormentos. Ha llegado una factura de la “Sevillana” de ciento cuarenta euros, pero bueno, qué abuso, anda llama a ver por qué han cobrado tanto.

A Pepe se le quedó cara de mojigato y constreñida con la factura plantada en los morros y con las palabras pidiendo a gritos salir de su boca sellada.

Pronto se dedicó a entrenarse, a correr, primero empezó con distancias muy cortas de mil o dos mil metros a paso muy corto, hasta completar en apenas unos meses, distancias de veinte kilómetros. Pepe corría casi todas las tardes por el paseo marítimo, por los caminos más lejanos del pueblo, por la montaña y por la playa, corría y corría sin parar, sin saber cuál sería su meta, aquello se convirtió en un permanente estado de huida hacia adelante sin saber el destino, eso no importaba. Desarrolló un sentimiento de plenitud indescifrable e indescriptible para él. Al correr experimentaba una sensación de olvido y de abandono que le ayudaba a soportar tanta falta de valor, le ayudaba, sin duda, a resignarse. Huir hacia ningún lugar, en busca, seguramente, de libertad. Después de hacer media hora de estiramientos y un precalentamiento se disponía para recorrer sus veintidós kilómetros, entre la ida y la vuelta se aproximaba a esa distancia. Después de los veinticinco primeros minutos, el cuerpo ya se había calentado lo suficiente como para discurrir más que correr por el paseo desierto y esquivo esas pardas tardes de noviembre, el viento y la humedad le rasuraban el rostro compungido, sin embargo en esos momentos era cuando consideraba que su mente se encontraba mucho más lúcida. Matarla resultaría muy fácil, lo difícil sería deshacerse del cadáver, no dejar huellas, ni levantar sospechas. Ideó varias formas de cometer el horrendo crimen pero ninguna le convencía lo suficiente. En algún lugar había escuchado que alguna mujer envenenó a su esposo lentamente, depositando un veneno letal en pequeñas dosis en los alimentos. También podría pagar a algún desconocido y fingir un atraco y en la trifulca el presunto atracador se carga a Carmen. Subir a la azotea y sencillamente levantarla en peso y lanzarla al vacío, pero hay muchos casos de supervivencia, siempre se puede acudir a la UVI y rematarla. Otra forma podría ser abalanzarse con el coche por un terraplén y en el descenso soltarle a ella su cinturón de seguridad; sin embargo ésta forma junto con la del malhechor son potencialmente las más caras, hay que realizar otra manera más económica. Al llegar a su meta por su mente habían pasado una docena de formas de matar sin dejar pruebas palpables, la liquidaría y no tendría que pasarle ninguna pensión, además a él le concederían la custodia de los dos niños, a quién si no...

Llegó extenuado, había transcurrido poco menos de dos horas, cada segundo le extasiaba al sentirse mucho más libre. El sudor le empapaba todo el cuerpo. Había desfogado, había liberado por más de dos horas sus más bajos y rastreros instintos, se encontraba mucho más rehecho. Después de una mitigante ducha de agua caliente que le disuelva los malos humores limpiaría el vapor del espejo y volvería a ensayar su discurso con más delicadeza, midiendo cada de una de las palabras. Esa era sin duda su única terapia. Aunque tenía que barajar la posibilidad de un crimen limpio, sin testigos, sin huellas, sin errores.

Carmen se hallaba en la bañera, disfrutando de unas sales de baño que Pepe compró de oferta en un hipermercado. Los niños dormían. En todo el dúplex reinaba un sólido silencio. Se aproximó lentamente, un levísimo goteo sonaba a lo largo del estrecho pasillo. Pepe se aproximaba, iba descalzo, tan sólo sonaba el punzante sonido del chirriar de sus rodillas. Carmen se encontraba muy relajada, la cabeza apoyada levemente en el borde de la bañera. Había encendido algunas velitas, en alguna película lo vio, por televisión. El goteo caía de una forma persistente y sincopada, cada nueve o diez segundos. Le servía para entrar sinuosamente en una suerte de catarsis. Ella añoraba el silencio, tanto ajetreo, tanto ruido, a diario, la tenían totalmente desquiciada. Pepe aceleró y entró como un toro furioso, a Carmen le ofreció poco tiempo para reaccionar, le agarró su negra cabellera y le sumergió toda la cabeza en el fondo de la bañera, ella movía sus brazos con desconcierto, sus uñas se las clavaba a Pepe en sus brazos, desde ese momento intuía que esa manera de morir no era la correcta y despertó de esa brutal pesadilla, jadeaba con horror desmedido, curiosamente ella no roncaba en esos instantes, ni tan siquiera podía apreciar la más mínima respiración. Se acercó con miedo contenido y aproximó su oreja a la boca de ella cuyos labios se encontraban semiabiertos, ella notó el roce de la oreja de su marido, a Carmen no la despertaba el ruido, ya que para ella resultaba demasiado cotidiano, sino el roce, el contacto. Se despertó con un ataque de pánico y le arreó a su marido un almohadazo que le dobló la nuca, en el sueño no disponía ella de tantas fuerzas. Pepe estuvo un par de días con serias molestias de cervicales. Pobre Pepe.

El día que Jonathan, el niño, se perdió, Pepe y Carmen se sintieron mucho más unidos que nunca, sin embargo, tras el inesperado desenlace, se lanzaron prácticamente los trastos a la cabeza, reproches volaban por toda la casa y trapos sucios, y también, literalmente, algún que otro plato, en el fondo Carmen deseaba cambiar la vajilla, comprada hacía muchos años, de oferta naturalmente, en el Pryca. Aquella mañana Carmen decidió comprar algunas cosillas en el “Súper”. Cogió a Jonathan del brazo y prácticamente lo arrastró ya que éste quería ver los dibujos animados del “Club Megatrix”, y claro no iba a dejar solo en la casa a un niño de cuatro años. Carmen se dejaba llevar por los letreros fluorescentes de las promociones porque Pepe se lo había inculcado desde un primer momento. Ella se inclinaría por lo más caro, ya que en su mente existía la idea, preconcebida o no, de que lo caro era lo bueno. De hecho, cuando algo se estropeaba en la casa, mascullaba entre dientes que la falta de calidad era fiel reflejo de su bajo precio. En cualquier caso compró por un precio irrisorio mortadela con aceitunas, cereales de la marca Hacendado, leche promocional, un pack de dos por uno de zumos multifrutas, botellas de cerveza sin marca conocida, productos congelados de un kilo, que son más económicos que los de medio. En fin, que se sentía una vulgar esposa proletaria, obviamente no iba acicalada, ni maquillada, allí se encontraba con un montón de marujas revoloteando, en plan muy informal, batas guateadas, alpargatas, chancletazos por doquier, rulos, cabelleras desmelenadas, chándales de colores chillones rematados con zapatos de tacón bajo, de fondo sonaban los éxitos de Camela, con lo cual el panorama resultaba bastante coherente. Carmen, al principio, se arreglaba como la que más, pero la desidia que la clientela mostraba día tras día en la compostura la contagiaron, no obstante esa vez se había pintado el rabo del ojo, pero al pequeño Jonathan lo había sacado en pijama. Al volver a casa iba cargada como una mula, con un montón de bolsas de plástico muy pesadas que le iban a cortar la yema de los dedos. Justo al abrir la puerta un par de bolsas se rompieron y parte de la mercancía se le derramó por el suelo y toda la entrada, incluida una frágil bolsita de lentejas, las cuales se esparcieron caóticamente. Los chillidos eran totalmente animales, todo un tumulto de imprecaciones y maldiciones inundaron el rellano, y el infeliz de Jonathan recibió un par de mamporros porque se le ocurrió la lógica idea para él, pero disparatada para la madre, de jugar y difuminar con sus manitas todas las lentejas, él mismo se encargó de coger la bolsa y espurrear aún más las dichosas legumbres, seguramente los dos tortazos los tenía bien merecidos. El ingenuo de Jonathan comenzó a llorar con berridos incluidos a la par que su madre vociferaba como una ramplona pregonera, imprecando, maldiciendo y cagándose en su mala suerte. Las vecinas ya se habían acostumbrado a esas dulces melodías de canto y elegante declamación. Cuando el torbellino pasó y el tsunami de improperios cesó, Carmen llamó a Jonathan. Sólo recibió el silencio como respuesta. El niño no se encontraba en la casa. Bajó precipitadamente las escaleras de la comunidad y comprobó que la puerta principal de entrada se encontraba abierta, subió y bajó repetidas veces, miró por todas las habitaciones, debajo de las camas, vociferaba su nombre a diestro y siniestro. Salió a la calle, corrió por los alrededores del edificio, preguntó a un grupo de niños que jugaban en el mini parque. Cuando ya no pudo más subió de nuevo a su casa, que se le venía encima, marcó con puro nerviosismo todos los números de urgencias y emergencias varias, hasta que atinó con el de la policía local. Comenzaba una larga y angustiosa jornada para la familia.

A la casa acudió una pareja de policías, Carmen se encontraba medio postrada en el sofá, con un vaso de tila doble, con todo el pelo enmarañado, hablaba con la voz muy bajita esta vez: “No debí haberle pegado”- se decía- y de pronto subía el tono de voz hasta lo irritable: “¡Ayyyyyyy Dios mío¡” – gritaba como ella sola sabía hacerlo- . Pepe la miraba con compasión, en sus pensamientos se atisbaba una preocupación lógica complementada con una mueca de liberación: “Cuando el niño aparezca aprovecharé para dar carpetazo a todo este descalabro”. Así resumió mentalmente todos los años de matrimonio. De momento él se puso manos a la obra y la dejó a ella postergada como una magdalena, escaneó una fotografía de Jonathan e hizo doscientas fotocopias, se dedicó a pegarlas por todos los lugares cercanos a la casa. Y reservó un montón para esparcirlas por los pueblos cercanos. La policía desplegó un buen número de hombres y en pocas horas todo el pueblo estaba alertado. Carmen, que era un poco “casandra”, se encontraba tan perdida como su hijo, y tan aturdida y noqueada que no aportaba nada a la búsqueda, sólo se lamentaba y lloraba con alaridos pues pensaba que el niño nunca aparecería, ya ella se montó su película y, en su trastorno, mascullaba que habría sido secuestrado por una red de traficantes rumanos. “¿Y por qué no pueden ser noruegos?” – Respondía Pepe con maledicencia- En cinco horas, casi todo estaba medio organizado, y en la TV local ya se estaba narrando la noticia de la desaparición. Carmen optó por tomarse uno de los medicamentos antidepresivos de Pepe, pero a ella le reaccionó de una forma muy dispar. Si ella era una máquina de gritar se convirtió en una auténtica tropelía arrolladora. Y lanzó al suelo platos y todo tipo de objetos. A Jessica le regañó y le dio un par de azotes porque la niña estaba comiendo más yogures de la cuenta, y bebía zumos, los zumos que eran de su hermanito, los de piña, que ella tanto detestaba, “pobrecita, lo echa de menos” – pensaba su apesadumbrado padre- En ese momento Carmen zapeaba como una autómata, con la mirada medio perdida, por azar transmitían en la TV local “La gran familia”, los ojos de Carmen se inundaron de lágrimas pues se topó de bruces con la escena en la que buscaban al niño pequeño, Chencho, por las frías calles del Madrid navideño. La cadena de TV sabiamente programó el filme español para crear más audiencia y expectación. La madre ficticia, Amparo Soler Leal, daba una descripción detallada de la ropa que llevaba puesta el pequeño en el momento de su desaparición. Carmen comenzó a blasfemar y lanzó el mando a distancia contra el televisor. Pepe seguía con su andadura en solitario repartiendo fotos del niño por todas las calles, bares y tiendas.

Carmen observó cómo Jessica cogía una mantita y un madelman y se dirigía al dormitorio de los padres, la siguió en silencio y observó por la ranura de la puerta cómo abría una puerta lateral del enorme armario e introducía con sigilo lo que portaba. Carmen, en un momento de torpe lucidez, se dirigió hacia ese lugar en cuestión, empujó a la pobre Jessica y cayó al suelo, abrió la pesadísima puerta del armario y se encontró a Jonathan perdido de yogur y zumo desparramado, con la mantita entre sus manos. Cogió el nene al muñequito, en un leve intento de abrazarlo contra su pecho, sin duda el madelman iba a ser su único aliado, por lo menos en ese espeluznante momento. Sus ojitos se le humedecieron y con su mirada pedía clemencia. Casandra-Carmen comenzó a gritar y a maldecir su mala suerte. Jessica, con una vocecita dulce y melosa, con una absoluta ausencia de cinismo, es muy pequeña como para ser cínica, brincaba y brincaba: “Mami, mami, lo hemos encontrado, lo hemos encontrado...” y bajó las escaleras correteando y llamando a su papi para darle la buena nueva...” Jessica salió a la calle trotando, temerosa de la reprimenda de su madre coraje, huyó por el dédalo de callejas que rodeaba el edificio. Ahora se perdía Jessica, pero esta vez ocurría de verdad, en la calle, donde realmente se pierde la gente, y no dentro de los armarios. Al regresar el hombre de la casa hubo nuevamente gritos y voces desgarradas, y platillos y vasos volantes, e insultos y amenazas, y maldiciones. Se culpabilizaban mutuamente. Pepe se arrancó y tuvieron una conversación de escasos segundos:
Pepe.- Sinceramente creo que nos deberíamos separar
Carmen.- ¿ah sí?
Sin saber cómo, a Pepe se le escapó esa idea que nunca le brotaba de su garganta y recordó que a veces los mensajes más comprometedores salen espontáneamente debido a las circunstancias, se emiten sin apenas pasar por el cerebro y por ello podemos arrepentirnos de lo que decimos, pero no es el caso, Pepe lo llevaba pensando casi dos décadas, diecinueve años de angustia y silencio. No obstante su esposa contestó con un absurdo y absorto “¿ah, sí?”. Pepe enmudeció y miró hacia otro lado. La conversación tan aparentemente trascendental quedó colapsada por un simple “¿ah sí?”. Pepe quedó paralizado, su oportunidad se esfumó de inmediato. Ahora tenían que desbloquearse mutuamente y buscar a Jessica. ¡Dios mío¡ ¡Cuánta calamidad¡

La TV local “Costa Tropical” emitía las noticias comarcales y otras, de mayor relevancia, provinciales; el reportero informaba:
“Estamos en la motrileña calle San Sulpicio, en este edificio vive la familia Casares, Pepe y Carmen, están pasando unas desesperantes horas de incertidumbre porque han perdido nuevamente a uno de sus hijos, quiero decir que antes habían perdido otro, pero lo encontraron, lo hallaron dentro de un armario, en su propio domicilio, bueno, en realidad no lo perdieron del todo, simplemente el niño se escondió. Pasamos a nuestros estudios centrales donde se encuentran Pepe Casares y Carmen Atienza”. El director del programa los entrevistaba, Carmen hablaba atropelladamente y Pepe intervenía con voz entrecortada al tiempo que suspiraba considerablemente: -Jessi, cielo, si nos ves, por favor vuelve, no te asustes cariño... – gimoteaba Carmen- - ¿Por qué cree que la pequeña Jessica huyó de la casa, o se escapó?- Inquirió el director del programa “Digan lo que digan”-
- Quizá cuando encontré a Jony escondido ella pensó que la castigaría o que le pegaría, porque ella es la hermana mayor y se supone que debió decírmelo. - Pero ella es una niña muy pequeña ¿usted les pega a sus hijos?- Preguntó de nuevo el director Sebastián Fernández- ¿Teme que intervenga “asuntos sociales”?- Ésta vez usó un tono pausado y penetrante-
- ¿Pero que me está diciendo? Por un cachete que le dé a los niños, pero si eso lo hacen todos los padres- Carmen iba subiendo el tono de voz de una manera muy palpable, Pepe parecía un mero espectador- ¿Para qué nos han llamado? ¿Para hablar de la pérdida de nuestra hija o para juzgarnos?, ¡Vamos hombre¡...- la señora Carmen Atienza se removía en su asiento indignada.
- ¿Ha mirado de nuevo en los armarios? ¿Se trata de una nueva falsa alarma?-cuestionó con sorna Sebastián Fernández- Y usted señor José Casares ¿no tiene nada que añadir? – Se dirigió inquisitorialmente al padre mudo-
- Él no estaba en la casa cuando Jessica se fue, no lo vio- gritó Carmen, al tiempo que el director-presentador del programa “Digan lo que digan” hizo un aspaviento de temor, intimidado por los aullidos de Carmen.
- Yo creo que ustedes tienen problemas, se les ve a mil leguas, y claro, los hijos huyen de casa... -Sebastián Fernández sabía que en esos momentos toda la provincia de Granada y parte de Andalucía estaría pendiente de esta entrevista con la señora maltratadora - gritona, ni Tele 5 le haría sombra proporcionalmente hablando -. Carmen enrojeció al punto del desmayo. Los índices de audiencia estaban por las nubes, por el pinganillo se lo comunicaban a Sebastián Fernández. Lo más probable es que se emitieran retazos de la entrevista en todos los canales nacionales y quizá lo contrataran otras televisiones más importantes. En su mente rondaba de manera espontánea la suculenta idea de que Carmen se desmayase o que la llevara a algún extremo para que ésta respondiera de forma agresiva. Esta mujer tan desquiciada tiene mucha audiencia, eso es seguro. El presentador se guardaba una carta en la manga para el final. En esos momentos Carmen entró en un estado tal de excitación que el locutor dio paso repentinamente a la publicidad, hizo un gesto de horror, durante unas centésimas de segundo se apreció cómo se frotaba las manos, aunque ningún espectador pudo apreciar este fugaz detalle. En esos momentos se estimaba que más de trescientos mil espectadores estaban comiéndose la uñas durante los anuncios esperando la reanudación de “Digan lo que digan”.
La Madame del prostíbulo “Deliciossa” entró pavoneándose en el plató, ya le habían dado el aviso, todos los espectadores en pie aplaudiendo como locos, el encargado de sonido puso de fondo uno de los temas más estimulantes de Sonrisas y lágrimas. ¡Menudo golpe de efecto¡ De la mano traía a la pequeña Jessica, que caminaba timorata y asustada. La reacción de Carmen fue levantarse frenéticamente para abrazar a la Jessi, Pepe se encogió en su asiento como diciendo “tierra trágame”. Las cámaras captaban hasta el más insignificante de todos los detalles. Un eximio realizador dividió la pantalla en cuatro partes, en cada una se apreciaba a los protagonistas: Pepe acongojado, Carmen con la cara arrasada por las lágrimas, Madame Rosa mirando al público y a las cámaras con aires de diva y la niña, medio atolondrada, parapetándose tras el voluminoso vestido negro brillante de la diva, temiendo la reprimenda de su mamá.

Carmen Atienza desconectó el aparato de TV. Pepe bebía un gran vaso de agua. La discusión se prolongó. El programa lo habían visto en varias ocasiones pues en las televisiones locales suelen repetir los programas, sobre todo si gozan de éxito, éste en concreto lo repondrían hasta la saciedad. La familia Casares se convirtió en la más famosa de la costa. Carmen hubo de escuchar desplantes e insultos por doquier. Donde fuere allí era recibida con malos modos. Pepe se convirtió en el típico “calzonazos” que todo el mundo mira con cierta sorna y desdén. Cuando recorría parte de las calles del pueblo con sus casi diarias media maratones las viandantes soltaban los chistes más puntiagudos: “Pepe, corre, que Carmen viene detrás con la escoba”... “No te retrases que Carmen te espera para darte una buena zurra”.... “Anda, ve a ver a la Madame, no pierdas el tiempo”... “¿Y ahora quién se te ha perdido?” Pepe hacía oídos sordos y corría en plan mártir para escapar de la marabunta y adentrarse en la despoblada zona costera. En “plan mártir” quiere decir con resignación y solvencia para asumir y resistir los avatares e improperios que la vida te otorga.

Habían pensado en trasladarse de ciudad, pues el día a día se hacía cada vez más y más duro y bochornoso, imposible de seguir asumiendo. Pepe resistía como un coloso pues sabía que todas estas ofensivas circunstancias podrían servirle para dar el salto definitivo a la separación. A los ojos de los demás sería una pobre víctima de un ridículo matrimonio. Todo el mundo aplaudiría la decisión y todos esos que lo vilipendian lo apoyarían totalmente, pues al fin se libraría de esa bruja levantisca.

Lo ocurrido fue tan simple como inverosímil: la pequeña Jessi huyó despavorida del hogar y en su huida por el dédalo húmedo de callejuelas se topó con Madame Rosa, le gerente del club “Deliciossa”, quién la acogió en su seno, la niñita iba llorando y se encontraba muy nerviosa. La Madame se la llevó a su casa y esperó a que la preciosa Jessi se calmara. Pensó suciamente en apropiarse de la niña, pues ella no tuvo nunca ningún hijo, Dios le puso en su camino centenares de amantes pero no llegó nunca a quedarse preñada. La pequeña Jessi le decía que no quería volver nunca más a casa, que allí le pegaban y la castigaban a menudo. Madame Rosa sonreía con lástima al escuchar el triste relato de la niña. Esta señora, cincuentona de muy buen ver, había leído a Dickens en su juventud y su ternura y afán de protección por la pequeña Jessi crecía y crecía. “ya has salido de la prisión de Newgate mi amor...”. Sin embargo alguien de su entorno la convenció para que devolviera a la niña a sus padres y que fuera la justicia quien decidiera el futuro de la pequeña. La casualidad permitió que M.Rosa se enterara de lo sucedido por la televisión y los productores del programa “Digan lo que digan” les ofrecieron una buena suma de dinero para que hiciera una aparición espectacular en el programa con la niña cogida de su mano, poco les costó convencerla, pues ella creía que ese podría ser un impulso para salir del pobre sabor que deja el anonimato. Todos especulaban sobre la posible relación entre Pepe Casares y la Madame, sólo existían los indicios que las cámaras habían recogido. Hubo algunos programas de debate y de cotilleo sobre este asunto durante unas cuantas semanas. Carmen “la cornuda” restaba importancia al asunto, cuando le preguntaban, y decía que ella confiaba en su marido, pero en privado Pepe tenía que soportar también las burlas de su mujer y sus risotadas histéricas. La pequeña Jessica estuvo en casa de la mujerona Rosa cuatro días, cuatro largos y angustioso días para el matrimonio Casares. Cuando Carmen gritaba, es decir, a diario, Jessi gritaba por mimesis a su vez y proponía volver con la Madame, que ella la quería y la mimaba. En esos instantes la situación resultaba sencillamente insostenible.

Hablaron pausadamente y decidieron esperar a que todo este embrollo se calmara y que la opinión pública buscara otros payasos a los que retorcer. Las aguas volvieron a su cauce y Pepe a sus ensayos ante el espejo del cuarto de baño, los niños a la escuela y Carmen a sus labores y a buscar inverosímiles empleos a través del diario para una persona con escasa formación. En esa monótona situación Pepe volvió a encontrar la paz y la calma que su espíritu necesitaba para preparar su paso decisivo hacia otra vida mejor y más tranquila, en la que Carmen ya no tenía protagonismo alguno.

Pepe se tomó su tiempo, si había esperado dos décadas (es casi un eufemismo de veinte años), podía aguantar unos meses más. De momento hay que desconectar completamente de todo este circo en que se habían envuelto y para ello unas vacaciones improvisadas se agradecen mucho más que las planificadas con meses de antelación. Pepe no vio nada interesante en ninguna de las agencias de viajes de la Costa Tropical, pidió un día libre y recorrió Motril, Salobreña, Almuñécar y, ya puestos, se acercó hasta Nerja. Su intención era ir a un aparta hotel familiar, con cocina incluida, para poder preparar las comidas, con lo cual el presupuesto de 300 euros llegaría a cubrir una semana aproximadamente; esa era su intención o idea inicial, pero las ofertas sobrepasaban esa cantidad, si a eso se le añadían los gastos para comer se le disparaba el cálculo. Lo más barato que encontró fue en Torremolinos, pero aún así el gasto total podría superar los 600 euros ¡Qué calamidad¡ En ese momento se acordó de su buen amigo Antonio, el solterón empedernido. Lo llamó ipso facto, jadeante, y le instó más que proponerle, casi lo acorraló, para que los alojase a los cuatro en su pisito, precisamente de Torremolinos. Antonio se había despertado de su rutinaria siesta y medio adormilado asintió a su agobiante propuesta y algunas excusas insignificantes e indelebles otras esbozó, pero cuando éste colgó el auricular cayó en la cuenta de la multitud de proyectos y tareas que tenía pendientes para esa semana y que había omitido por el candoroso sopor que produce el despertar de una siesta prematuramente, a pesar de ello Pepe se sintió invitado. Éste se frotaba las manos pensando en todo lo que se iba ahorrar alojándose en casa de su amigo Antonio. Se iban a trasladar de un piso a otro similar, de unas playas a otras gemelas. Los niños apenas notarían la diferencia, pero el bolsillo de Pepe lo notaría perfectamente, y con lo que se ahorra podrá comprarse un nuevo equipo de música de alta fidelidad, que cuesta carísimo, pero lo han rebajado en un treinta por ciento, por lo que seguiría ahorrando igualmente. Los preparativos para el viaje resultarían tremendamente simples: ropita ligera, gorros, sandalias y útiles playeros. El mes de junio suele ser particularmente tranquilo, serían los primeros en llegar, el piso de Antonio se encuentra a rebosar durante los meses estivales sucesivos, entre parientes, familiares, amigos y demás roedores.

Aparecieron a la hora convenida, a esa hora ambigua y difusa que Antonio masculló, desembarcaron los cuatro con todos los trastos y un equipaje demasiado abultado para una semana, siempre agregan más armatostes de los que en principio consideran, diríase que se trasladaban para un mes por lo menos, cualquiera temblaría ante semejante desembarco. Cuando todo se encontraba depositado en la entrada del portal, Pepe llamó al portero electrónico, y volvió a llamar, una, dos, tres, hasta una veintena de veces. Decidió usar el móvil, a pesar del gasto estúpido que eso supondría, pero el celular de Antonio se hallaba desconectado. Carmen lo miraba y remiraba con sorna, los niños habían traspasado el límite de la paciencia, Pepe lo llamaba por el móvil y pulsaba el portero compulsivamente. Tras dos horas y media de espera desesperante decidieron introducir el equipaje de nuevo en el coche. Pepe escudriñaba las ventanas por si atisbaba su presencia. Regresaron en silencio, los niños se habían dormido de puro aburrimiento. Carmen no paraba de farfullar “¡Vaya amigo¡” Pepe conducía con la cabeza muy erguida, intentando asumir la afrenta. Y para colmo tendría que contentarse con su obsoleto equipo de música. Regresaron al hogar un poco aturdidos, los chiquillos no comprendían en absoluto el objetivo del viaje. Cayeron en la cama los cuatro medio desplomados. Pasarían sus vacaciones en donde siempre, de todas formas pocas diferencias hallarían entre su lugar de residencia y el fallido destino vacacional. Obviamente la amistad Pepe-Antonio desaparecería para siempre.

Tras todo este áspero conglomerado de infortunios, calamidades y atropellos Pepe ya no pudo más, su cuerpo respondió y una mañana, al despertarse, se sintió muy mal, su corazón le latía aceleradamente y desacompasado, sintió un hormigueo generalizado por todo el cuerpo, la vista se le nublaba y un sudor frío resbalaba por sus sienes. Durante unos larguísimos diez o quince minutos Pepe creía que iba a morir, abrió el balcón para que la brisa y el aire fresco le amansara el alma, jadeaba y respiraba con mucha dificultad, tal era su inquietud y malestar que por unos segundos creyó que la única salida sería lanzarse al asfalto, sin embargo se dejó caer al sofá tembloroso y a duras penas marcó el 061, el teléfono de urgencias médicas. Pepe tuvo un ataque de pánico. Volvió a la medicación que la dejó repentinamente en un saludable intento de sustituirla por el deporte, pero muchas veces a la mente se la tortura demasiado y ésta ha de defenderse.

Durante unas semanas consecutivas estuvo demasiado tiempo pendiente de sí mismo y de su organismo interno, temía que aquella crisis de ansiedad tan angustiosa se volviera a repetir. La propia mente creó algo para sobrevivir, era algo tan simple y sencillo que Pepe era incapaz de creer que no se le hubiera ocurrido antes. Pensó que había encontrado la solución al hecho de no atreverse a decírselo a la cara, decirle al fin que había decidido separase, que ya no la amaba. Lo que había ensayado ante el espejo durante tantos y tantos años ahora tenía que escribirlo ¡Pepe iba a escribirle una carta¡ Nunca se había atrevido a comentárselo en su presencia, la inseguridad, la inquietud, la falta de confianza en sí mismo, y en general todo el aturdimiento y malestar que aquello le produjera lo eludiría con una carta. De ahora en adelante no ensayaría ante el espejo sino que escribiría, emborronaría y rescribiría una carta prudente, sincera y honesta que pusiera fin de una vez a todo el calvario que había vivido durante casi una vida entera, el calvario de vivir con la persona que no amas.




Parte II: Las cartas

Después de unas semanas de escribir en solitario, de pensar y de corregir concluyó la carta del desamor, la de su libertad, la que pondría fin a su interminable tortura. Esa epístola para Pepe suponía la consagración del tormento acumulado durante veinte años de agonía, de hastío y de penuria amorosa. A sí mismo se descubrió como un superviviente del dolor y de la paciencia, y también se sentía como un auténtico héroe. La carta, después de insufribles ensayos y desesperantes tachones quedaría de esta manera:

“Querida Carmen:
Te escribo esta carta porque no me atrevo a hablarte a la cara. Quiero hacerlo desde hace muchos años... me falta valor, llámame cobarde, lo admito, sin embargo este es el último recurso que me queda para poder sobrevivir. Perdona los errores o las meteduras de pata que pudiera hacer, los nervios y la falta de sentido me pueden en este duelo.

Recuerdo perfectamente el día de nuestra boda, fue aquel enlace demasiado precipitado, acuérdate que yo no lo veía claro, te decía que deberíamos esperar un poco más. Todo resultó tan apresurado... Nunca entendí que el ginecólogo te dijera en un primer momento que estabas embarazada, y que poco después todo fuera un error ¿Eso cómo se explica? Se me quedó un poco cara de gilipollas – perdona no quiero ofenderte-¿Para qué sirven las ecografías? En fin, tuvimos que casarnos en cualquier caso porque los preparativos de boda ya se habían realizado. Nadie se explicaba cómo una mujer está embarazada y a las dos semanas resulta que ya no lo está. Muchos invitados y amigos se extrañaban un montón, para mi madre desde luego fue un alivio. Algunos de mis familiares murmuraron que me habías cazado bien cazado. El “casado cazado” escuché a uno de mis primos. De todas formas lo superé muy pronto ya que me sentía muy a gusto contigo, me cuidabas, te preocupabas por mí y en la cama te lo montabas estupendamente, suplías muy bien mi inexperiencia, aunque he de admitir que infinidad de veces me bloqueaba no por mi falta de experiencia sino por lo sobreabundante que resultaba la tuya. Me apabullabas y me asustabas. Eso también lo superé afortunadamente. Sin embargo, sin saber cómo ni el porqué fue naciendo en mí una especie de inseguridad, de rechazo, no sé cómo explicártelo, algunos lo llaman “desamor”, aunque ese germen surgió en mi interior en el momento exacto de decir “el sí quiero”. Siempre deseé retroceder en el tiempo y haber dicho “no” en aquel preciso momento y haber echado a correr pero soy un asqueroso cobarde, veinte largos años he estado esperando este momento. Lo más lindo de todo esto ha sido el nacimiento de nuestros dos hijos. Ahora vivo y lucho por ellos, y son ellos seguramente la causa y el único motivo de mi unión contigo. A veces, tan sólo a veces, he sentido esos momentos fugaces de enamoramiento, ya que la convivencia, el trato diario, las caricias y los gratos momentos disipaban mis tormentos y te miraba con ojos amorosos, pero, en general he vivido en un revuelto mar de dudas. Esas dudas las disolvía frente al espejo, he ensayado durante años y años la manera de decirte que no te amaba, que no quería seguir a tu lado. En esos minutos, casi diarios, de soledad, sentía una enorme liberación, pues imaginaba que asentías y me escuchabas en absoluto silencio, y después me abrazabas y me decías que siempre me ibas a seguir queriendo, y que los niños los compartiríamos equitativamente y que no me pedirías en exceso para tu pensión. En otras ocasiones te imaginaba que gritabas como una histérica, como normalmente lo haces, y que empezabas a maldecirme como esa gitana que llevas dentro y que explota cuando menos lo esperas. Esta carta me da la total seguridad de que por lo menos voy a poder hablarte y contarte todo esto sin que me interrumpas. He esperado a que todo este circo se calmara y todo volviera a la normalidad. Todos estos desagradables sucesos me han desesperado enormemente ¿Quién me iba a decir que nos conocerían prácticamente en toda España gracias a un programa de telebasura? Tengo un montón de noticias y artículos recortados de todos los diarios relatando lo sucedido y blasfemando en la mayoría de los casos. No podía creer que media España estuviera pendiente de nuestra familia. Estaba harto de que me relacionaran con esa prostituta de Madame Rosa, y no era por falta de ganas. Sólo te puedo decir que, incluso en el desamor te he sido fiel, aunque en honor a la verdad, no podía engañarte sencillamente porque no me atrevía, siempre has sabido de mi punzante timidez con las mujeres. Lo siento pero no tengo las destrezas suficientes como para hablarte y mirarte a los ojos y decirte que esto ya se acabó, en realidad no sé si esto alguna vez comenzó. Soportar este calvario durante tantos años me hizo desarrollar una especie de tensión y malestar contenidos, ¿no veías cómo caían los ansiolíticos diariamente? Gracias al deporte y a las carreras que me daba a diario sobrellevaba ese permanente y agudo malestar. Nuestro amor ha sido “contra natura”. Es necesario que para amar se amen los dos.
Cuando leas esta carta no estaré en Sevilla como te dije realizando el curso de “los minerales del agua” sino que he cogido un vuelo y llegaré a Tenerife, ¿recuerdas?, allí fuimos de viaje de novios. Necesito unos días de relajación total y que nos tomemos un tiempo para digerir la nueva situación a la que nos enfrentamos, tómate tu tiempo, te telefonearé pasados tres días, debemos estudiar detenidamente quién se queda con la casa y los hijos, el régimen de visitas etc. etc. Te ruego que estos veinte años que te he dado sirvan para algo y no para despellejarme, tratemos de ser justos en los bienes compartidos. Tampoco será necesario que andemos buscando abogados si lo podemos arreglar amistosamente, si después de leer todo esto te sientes mal no dudes en llamarme, no desearía que sufrieras por mi culpa, pero es que llevo muchos años sufriendo en silencio, ahora necesito disfrutar y ser feliz con mi vida y con mi porvenir, deseo dirigir el rumbo de mi vida solo, sin nadie. No pienses que hay otra persona, ni que se te pase por la cabeza. No siempre hay un tercero. La causa de todo esto es muy simple: no puedo seguir conviviendo contigo, necesito libertad, necesito estar solo. También me gustaría alguna vez enamorarme de alguien, dicen que eso es muy lindo. Nunca lo he estado. Eso creo. He leído que uno siempre está de buen humor, lleno de entusiasmo y vitalidad, y que se ilusiona con cualquier tontería. Desconozco si tendré la suerte alguna vez de experimentar todo eso, lo que sí sé es que a tu lado sólo experimento angustia y malestar.
Te imploro que no me odies y que trates de ponerte en mi lugar. Si de verdad me quieres déjame partir y no me detengas, es algo que llevo pensando durante mucho tiempo, y creo que este es el final, debió de haber sido hace dos décadas. Lo siento, Carmen, te sigo queriendo pero no te amo, es necesario separarnos. Tuyo, Pepe Casares Montesinos
La carta concluía con una firma que cualquier grafólogo la distinguiría por su simpleza e inseguridad potencial en los irregulares trazados horizontales, nombre completo y temblorosa caligrafía.
Ya en el avión nuestro peculiar antihéroe comenzaba a concebir en su interior una terrible desazón y remordimiento que iban naciendo en su vientre como si de un feto se tratara. Al aterrizar se sintió mucho más aliviado y su mente le decía que el vuelo le sentaba muy mal. Pepe sólo ha volado en dos ocasiones, y ambas para ir a Tenerife. La primera vez acompañado de su Carmen, y ésta segunda completamente solo, en realidad sólamente le acompañan sus paranoias. Se dirigió al hotel en autobús, iba medio sonriendo debido al ofertón que había conseguido, un paquete completo de vuelo y hotel a un precio irrisorio. Cuando la guagua se detuvo en el hotel “Las Ninfas” un conserje gordote, moreno y muy amable salió a recibir a los viajeros que allí se apeaban. El conserje reconoció a Pepe, le comentó que él suele ver algunos programas a través de la parabólica y que es un asiduo de “Digan lo que digan”. A Pepe le pidió un autógrafo y a regañadientes y completamente ruborizado éste le firmó en un cochambroso bloc de notas. Pepe siguió por el larguísimo pasillo al bedel, que portaba su maleta, le abrió la habitación setenta y dos de la séptima planta. El bedel no se marchaba de la puerta, y Pepe le despidió con un frío “gracias y adiós”. Escuchó cómo se alejaba y a sus oídos llegó el apelativo de “tacaño”. Se tumbó en la fría y amplia cama, y ya empezó a incubar un salivoso desasosiego, Pepe tragaba saliva continuamente, bebió agua, tenía la boca seca. Qué grave error regresar a Tenerife. Qué gravísimos error escoger el Hotel “Las Ninfas” de nuevo, lo encontró curiosamente muy bien conservado. El caprichoso destino decidió que le volvieran a dar la misma habitación que hace veintitantos años compartiera con Carmen en su viaje de novios. Las vistas permanecían impertérritas, algún nuevo hotel despuntaba a lo lejos, el mar abrazaba toda su soledad y desamparo. Miró el cabecero de la cama y recordó. Aún mantenían el mismo cuadro, no podía creerlo. Cómo se reían con los culos celulíticos de “Las tres gracias”. “Algún día te puedes poner así”, le espetaba Pepe, Carmen respondía con almohadazos, ya despuntaban sus gritos soberbios. Pero terminaban riendo y haciendo lo que cualquier pareja de recién casados hacen en la cama. Pepe empezó a sentir una cierta congoja y decidió salir a pasear, una buena caminata lo relajaría, se ahorraría el transporte. Pasadas dos horas y media se encontró en medio de la Playa de las Américas. Una tropelía de recuerdos se le agolpó en su mente, veía a Carmen con su bikini verde pistacho que le quedaba divino, por aquel entonces disfrutaba de una esbeltísima figura. Pepe no podría asegurar si las dos lágrimas que se le escaparon fueron consecuencia de su vívido recuerdo o de una ráfaga de aire que le penetró de lleno en sus ojos. Empezó a reconocer que regresar a Tenerife se estaba convirtiendo en un error impredecible. El mismo hotel, la misma habitación, aquella sobria habitación, el Rubens imperecedero, recordaba incluso aquellas vistas tan plácidas, y ahora recordaba a Carmen cómo salía del agua correteando con aquel par de turgentes senos, inolvidables, su piel bronceadísima. Pepe echó a correr velozmente hacia el paseo, daba largas zancadas, sus pies se le hundían en la arena, parecía como si corriese a cámara lenta. Y siguió corriendo como un poseso durante unos cuantos kilómetros por el enlosado. Hubo de cesar porque tenía los zapatos completamente colmados de arena. Se descalzó, se sentó mientras jadeaba y derramó toda la arena contenida en el suelo, tenía la sensación de que la arena era la representación simbólica de todo su tiempo, que ahora tiraba por la borda. Era una tarde de viento que ayudaba a dispersar todo el recebo. Algunas motitas de arenisca se le clavaron en el lacrimal, pero sus lágrimas incipientes le permitían limpiarlas. Comenzó a maldecirse, se lamentaba de su áspera y dolorosa vida, de su trágica suerte y de su incierto devenir. Deambuló sin un rumbo fijo. Instintivamente se encontraba con los lugares que antaño visitaron, su quebranto iba ascendiendo. Y como si de un masoquista se tratara que disfruta con el padecimiento entró en el restaurante “El atrio”. Allí pidió una cerveza y comenzó a recordar la gran mariscada que degustaron y que después tuvieron que lamentar. Pepe vio en la entrada un anuncio de una exquisita mariscada que incluía cigalas, bogavante, carabineros y otros suculentos crustáceos, acompañada de un Ribeiro blanco muy frío. Pepe no cambiará nunca, leyó lo que le resulta más llamativo para él: “Oferta del verano”, miró la ridícula cantidad de dos mil pesetas, además estaban de luna de miel y había que celebrarlo...¡¡E incluían una botella de cava¡¡ Lo que no pudieron prever fue la fatal digestión. Posiblemente estaba en mal estado la suculentísima mariscada y durante la madrugada se turnaban en el váter, diarrea y vómitos, cuando entraba uno, la otra salía. Pepe aporreaba la puerta del baño y suplicaba que Carmen terminara porque la diarrea no la podía contener, escuchaba las arcadas de su pobre esposa mientras él se taponaba con su puño el culo al tiempo que brincaba como un potrillo. La habitación se envolvió de un tufo maloliente e insoportable. Desde recepción llamaron a un taxi y los trasladaron al hospital más cercano. Estuvieron encamados un día completo, bebían mucha agua mineral y suero. Ahora Pepe sonreía al recordar aquel lamentable percance. “La dichosa oferta” gritaba Carmen entre náusea y náusea. Tomó el último sorbo de cerveza y observó cómo un camarero pegaba un cartel en la puerta de entrada anunciando lo mismo que hace dos décadas al módico precio de setenta y cinco euros. Pepe pagó su cerveza con parsimonia y con la misma parsimonia despegó el anuncio del cristal ante la incrédula mirada del camarero , se marchó sin mirar atrás , apretando el papel con una mano y rascándose los testículos, que le picaban, con la otra.
Aquella noche de finales de noviembre sería la primera que Pepe no la pasara con Carmen, en esa desolada habitación de hotel, desangelada pero correcta. Dicha habitación los había acogido hace más de dos décadas y en ese momento faltaba una parte importante del dúo. Transcurrían las horas y Pepe no podía conciliar el sueño, sus intentos por dormir le resultaban frenéticos, bebía agua continuamente e iba al baño a mear lo bebido, se agitaba en la cama permanentemente, ni las pastillas para insomnio le surtían el más mínimo efecto. Se desplazaba de un lado a otro de la habitación como un fiero león enjaulado, se tumbaba y se levantaba agitándose, se refrescaba la cara con agua, miraba la noche imperturbable y silenciosa que se unía en el infinito con un denso y oscuro mar, un mar que no tenía fin, como su interminable angustia. Eran las seis de la mañana cuando gritó con absoluto desconcierto, fue un alarido liberador y sanador: “¡¡Carmen te quieroooooo¡¡” Prolongó las oes hasta la extenuación. A los pocos minutos alguien aporreaba la puerta pero Pepe no abrió porque se quedó completamente dormido.
Se despertó cerca de las doce del medio día y miró ansioso el móvil, no vio ningún mensaje, ninguna llamada perdida. Pepe sabía que Carmen ya habría leído la carta y su desasosiego iba aumentando porque ésta no le enviaba ni un mensajito al móvil. Se la imaginaba rota, destrozada, paseando su pena por cada uno de los rincones de la casa mientras los niños la seguían atónitos con sus angelicales ojos. El arrepentimiento de Pepe ya no podía ser más elevado. Descolgó la chaqueta y las camisas y decidió rehacer el equipaje, no iba a esperar más tiempo, había transportado demasiada ropa, toda ella estaba hecha un verdadero guiñapo. En el bolsillo interior de la maleta observó que había un sobre... Lo cogió con desmesurado arrobo y comprobó henchido de jubiloso gozo que se trataba de su propia carta. Fue un acto fallido. No llegó a dejarla en el aparador de la entrada para que Carmen la viera a su llegada sino que, por la ansiedad y el desasosiego acumulados, se la llevó consigo mismo. Comenzó a releerla y la hizo mil añicos, al tiempo que reía y lloraba pletórico de alegría, y se repetía como un poseso: “No la ha leído, no la ha leído”... ¡¡Gracias Señor¡¡” Y brincaba sobre la cama y por toda la habitación. De pronto se frenó en seco y enmudeció, se preguntó meditativo: “Entonces ¿por qué no me ha llamado?” Se abalanzó por el móvil y comprobó nuevamente que, efectivamente, no existía ninguna llamada, ni mensaje de Carmen, ni de nadie. Decidió llamarla para ver qué pasaba pero no respondía a su llamada, seguía intentándolo una y otra vez hasta que desde el otro lado desconectaron el celular. Pepe se sentó en la cama con una incertidumbre tan inmensa como el mismo mar que asomaba luminoso por el balcón. No cesaba de repetirse qué estaba ocurriendo, qué estaba ocurriendo...
Tras unos instantes de absoluta meditación, barajaba todas las posibilidades, se detenía sobre todo en las más dramáticas, que los niños se hubieran puesto enfermos o que haya sucedido algún accidente, pero desde luego eso sería motivo suficiente para que intentara localizarlo. Sin más dilación decidió componerse, arreglar definitivamente el equipaje y salir en el primer vuelo que hubiera para Málaga. Se vistió con el traje marrón oscuro, que Carmen le regaló hacía más de siete años, para sorprenderla, a ella le gustaba mucho. Mientras se anudaba la corbata conjuntada perfectamente con el traje se imaginaba abrazando y besando a su esposa y susurrándole mil “te quieros” al oído. Ella ruborizada lo empujaría tímidamente. Pepe se alisaba su impecable vestimenta con la palma de las manos. En el bolsillo interior palpó algo parecido a un papel o cartón. Introdujo su mano derecha y desplegó un sobre que había en su interior. A Pepe le temblaba el pulso. Lo abrió y a su vez desplegó igualmente una carta que había en su interior. Comprobó que se trataba de la letra redonda y sencilla de Carmen. Varios folios que Pepe intentó, en un primer momento, leerlos a toda velocidad “por encima” pero decidió sentarse al borde de la cama y examinarlos con la poca calma que le quedaba dentro de sí:

Querido José: Cuando leas esta carta ya estarás en Las Canarias, pude comprobar que no te marchabas a Sevilla porque te dejaste un momento el billete de avión en la mesita de noche- tan torpe como siempre-. Me preguntaba si te marchas solo o en compañía de Rosa, en realidad me importa muy poco o nada, ya que todo esto me lo has puesto en bandeja. Llevo muchísimos años deseando que ocurriera algo poco corriente como para dar el paso y separarme definitivamente de ti. He pensado las mil formas de decírtelo pero no encontraba la apropiada, hasta que decidí que por carta resultaría mucho menos penoso para los dos. Siempre has ido diciendo que yo te cacé, yo no soy ninguna cazadora de maridos, sabes que me sobraban pretendientes, y sin embargo fui a dar con el más paleto que no ha sabido valorar a una señora como yo. Te has desentendido absolutamente de los niños durante todo este tiempo y nunca me has ayudado en las tareas de la casa que son muchas, cómo querías que trabajara y que llevara una casa con dos críos, el trabajo en casa ya era suficiente, yo he intentado contribuir a la economía doméstica pero ya trabajo bastante: barrer, limpiar, cocinar, hacer la compra, poner la lavadora, tender, bañar a los niños, y tú corre que te corre todas las tardes- ¿Crees que yo sola puedo acarrear con todas esas tareas? Que sepas que cuando termina el día estoy hasta el mismísimo coño. No me importa si te molestan estas palabras pero es la pura verdad. Te has desentendido como padre y como marido. Ni siquiera en la cama cumples, no sabes hacérmelo, contigo no sé lo que es un orgasmo, tú y tus eyaculaciones precoces de los cojones. Me tenías semanas en tensión. Entre la casa, los niños, el trabajo que me exigías que buscara y todo eso, me sentía como una furcia mal pagada. Te preguntarás cómo puedo expresarme tan correctamente, pues que sepas que una persona me ha ayudado a revisar y a escribir esta carta, pero no he podido meter muchas cosas que yo pienso, ni mis ordinarieces tampoco, cuántas veces me decías que parecía una pueblerina, que si no tenía clase, que si iba vestida como una aldeana, pero cómo querías que me vistiera si sólo podía comprarme trapos en el mercadillo de los sábados. Cuando nos casamos yo tenías mis dudas y mis miedos, no sabía verdaderamente si lo nuestro iba a funcionar, me convencí de que si no servías en la cama, si no me hacías gozar, tendrías otros valores que iría descubriendo, pero esos valores no aparecían. Tan sólo pensabas en ti mismo, primero eras tú y después tú. Nunca me preguntabas cómo me encontraba, si era feliz, si estaba cansada o no. Y luego yo ya no soportaba tus tacañerías, pero cómo se puede ser tan rácano e invitarme a cenar en un chino un sábado cada dos meses. Y siempre apabullándome con el dinero, que no gaste, que ahorre, que compre las ofertas de los supermercados. Recuerdo el viaje de novios, la cagalera que nos entró con la mariscada de oferta. Entonces debí haberte dejado. ¡Menudo futuro me esperaba contigo¡ Ya desde el día de nuestra boda fui muy desdichada, ¡cómo me miraba tu madre¡ Igual que a una cualquiera. Pues que sepas que efectivamente estaba en estado, y que tuve un pequeño aborto en el váter, un simple coágulo de sangre. Nunca te mentí, pero nunca te conté este hecho, porque pensé que podría estropear nuestros planes de boda. Además tenía miedo de quedarme soltera, sin embargo hubiera sido lo mejor, quedarme sola. Las mujeres somos imbéciles, preferimos casarnos aunque no estemos enamoradas, con tal de no quedarnos solas. Pues yo he cometido el mismo error que cometemos miles de mujeres. En realidad, nacen los hijos y son lo que nos mantiene vivas. Por cierto, si nunca te has ocupado de ellos vas a tener a una auténtica leona enfrente para que los veas lo menos posible. Y prepara la cartera que vas a tener que pagarles la mitad de tu sueldo, por lo menos. Sin embargo aún no te he contado lo mejor, así que prepárate... Pero antes te quiero recordar que todo lo que pasó cuando Jessi se perdió fue por tu culpa, nunca los vigilas, nunca los atiendes, todo ese tinglado como tú lo llamabas fue gracias a ti. Y luego, soportando las risitas de las vecinas porque te habías liado con la zorra más famosa de la Costa Tropical, esa gorda vejestoria. Me imagino que andarás por Tenerife con ese espantapájaros. Pero me da igual. Ahora me encuentro en la plenitud de mi vida y he encontrado al fin a una persona que me apoya, me valora y se preocupa por mí. Lo primero que ha hecho ha sido regalarme el “Cartier” que tanto deseaba. Tu reloj te lo devolveré, así como todos los ridículos regalos que me has ido haciendo a lo largo de estos larguísimos años. Los voy a empaquetar y te los quedas. No los quiero. En realidad fue una suerte que fueras al psiquiatra, gracias a ti lo conocí, pues quise saber el motivo de tus visitas. Es un hombre mayor como sabes pero tiene muy buena planta, y sobre todo sabe tratarme como a una verdadera dama. Y sólo tiene detalles y elegantes regalos que me ofrece como prueba de su amor. Mañana mismo iremos a Granada a comprar el abrigo de visón que tanto quería, y tú lo sabes, que yo no me conformo con cuatro trapitos. Tómate todo el tiempo que quieras, cuando regreses te encontrarás solo. Ya les ha buscado a los niños una canguro para que los cuide cuando nosotros vayamos de viaje o salgamos una noche a bailar o a cenar. Voy a divertirme todo lo que no me he divertido contigo, no intentes frenarme o estropearme esto pues por primera vez en mi vida puedo decir que soy feliz. Lo siento, el ser humano en el amor es como el mono, no suelta una rama hasta que no coge otra. Incluso, aprendo cosas nuevas, él mismo ha revisado esta carta y ha corregido y tachado muchas expresiones, sobre todo los tacos, aunque algunos se me han escapado porque son necesarios. ¡ Ay Pepe, Pepe¡ No sabes, en el fondo, la pena que me das.
Cuando hubo leído la carta, Pepe permanecía atónito, contemplaba la habitación con absoluta extrañeza y miraba el papel con toda la incredulidad del mundo condensada. Le costaba reaccionar. No podía ni creer, ni asumir, que esa carta fuera de Carmen, pensaba que se trataba de una estúpida broma. La dejó lentamente sobre la cama, terminó de preparar el equipaje con la lentitud de un abuelito de cien años. Se dirigió pasito a pasito hacia el balcón y contempló el mar, la brisa le lamía el rostro. Miró hacia abajo, observó que había una considerable altura. Todos esos años de congoja podrían concluir en unos breves segundos de caída libre. Justo en el momento en que comprendió que amaba realmente a Carmen se encontró con el “marrón”, justo el mismo color del traje que tan impecablemente le sentaba, se lo había puesto para que cuando Carmen lo recibiera lo encontrara elegante y atractivo. Retrocedió sobre sus pasos y se dirigió hacia el cuarto de baño, era el hombre más decepcionantemente hundido del mundo. Ese apretado habitáculo se convirtió en una suerte de confesionario o algo parecido y comenzó a hablar, más bien a balbucir. Le salían las palabras de forma inconexa y muy mal pronunciadas, se contemplaba su rostro desfigurado por el dolor y el desaliento. E inició un nuevo ensayo, se fue animando al comprobar que su nueva perorata iba adquiriendo cierta forma, trataba de reconquistar a Carmen, le demostraba su verdadero amor y le sugería que abandonara a su doctor, que era un hombre mayor. Pepe se miraba al espejo e iba tomando cada vez mucha más confianza, sonreía convencido de la solidez de su nuevo discurso. Otros veintitantos años ensayando frente al espejo le esperaba, dos décadas más para recuperar a su esposa, e imaginaba que tarde o temprano Carmen regresaría con él. Pobre Pepe.

 

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