Obras | Todos mis trabajos

El mirlo blanco 2

Sinceramente no sé si debería continuar pero es muy doloroso sentarse, cruzarse de brazos y ver cómo pasa la vida en silencio. Es muy cierto que nos atropellan a diario y nos mienten permanentemente, por ello el mirlo regresó y se refugió en aquella caverna platónica, o monasterio o lo que fuere. Sólo percibía las sombras que deambulaban ante sus ojos cansados y agrietados por la escasez de luz. Creo que no debió salir de su mazmorra ideal pero lo hizo. Quiso volar pero su pretensión se interpretó humillantemente como algo preternatural, ni tan siquiera se rehizo del vilipendio. Adoptó una actitud fetal y calló como una tea apagada, que humea tímidamente y agoniza para que nadie intuya ni por un momento que una vez ardió. Creíamos que los pájaros pueden o podían volar pero sólo vuelan los elefantes fatigados e indecisos, y los animales que permanecen en la manada y tocan el cielo con sus lenguas que lamieron las hieles supurosas de los contranaturales. Cegados de soberbio ardor se ceban con desplante de las lágrimas mudas que llegan a succionar con sus lenguas viperinas. Pero voló durante algún tiempo, imposible de calibrar porque los cronómetros no existen en esas descerebradas coordenadas dispersas e imposibles de contradecir. Un ave ícara que usó cera para recubrir de plumas blancas sus propias plumas blancas y poder volar, creía que no lo haría, porque le explicaron concienzudamente que jamás, ni en sus más profundos sueños, llegaría a despegar. Lamentable imagen ver a un bello mirlo blanco adherirse a sus alas blancas un copioso plumaje y otras pseudoalas adicionales para conseguir el milagro. Y lo consiguió, es decir, creyó que lo consiguió. En aquel vuelo hacia otra dimensión recorrió todos los parajes que la cultura había labrado y se topó con su propia historia, “el mirlo blanco”. Y cometió el error que desencadenó la gran falacia. Transmitirla al discípulo que ensimismado escuchó, se creó la terrible epidemia que sustenta nuestro mundo, se empezó a discernir entre la verdad y la mentira. Fue en ese preciso momento cuando se inició el principio del fin. Tan sólo le transmitió una cegada conclusión al aborrecible ser que lo atendía: que el motor de la vida es la estulticia y su tesis la remontó a los orígenes de la propia historia, de lo que llamaron historia. La base de todo ha sido la destrucción. Se han creado entes que parecían inmortales y se desmoronaron en un momento dado. No hay creación sin destrucción: pura estulticia. Y cuando repasó la historia de “el mirlo blanco” lo corroboró: insectos que se quejan de los humanos, canes que platican, señoras que se transforman en ratas o ratas en señoras, los pensamientos de una grapa, la senda oscura de una ventosidad, los esquizoides sentimientos del autor, un estúpido niño que vuela o creer volar en una pompa de jabón, una anciana obsesionada con el pudor, una peculiar historia de amor y otra de entrega incondicional y absurda, efectivamente, todo le remitía a la omnipresente estulticia. Volvió a reencontrarse con la falacia transfigurada: y llegó a la conclusión de que no se puede llegar a ninguna conclusión, sin embargo ya estaba llegando a una concretamente. Todo esto le pareció una colosal pesadilla y cuando despertó nada seguía allí, ni él mismo tampoco se encontraba en ese lugar.

 

volver